Buscando refugio de carne y hueso

Las carencias psicológicas de los niños tutelados pueden marcar todo su camino

Niña muñeca

La mayoría de los menores se encuentran en acogimiento familiar permanente | Rocío Fernández

Existen hogares que hasta retumban por la cantidad de voces y pasos que han sentido en sus paredes. Una infancia que nunca deja de crecer. Refugios para menores que, obligados por sus circunstancias, buscan en familias externas el remedio para sus grietas emocionales. Los niños en situación de acogida requieren, por un tiempo, de un núcleo comprometido a su cuidado y educación. En España las cifras ascienden cada año, y junto a ellas, crecen también las carencias psicológicas de los implicados.

Los medios agitaban las portadas el pasado mes de septiembre tras la vuelta de un niño de acogida con su madre biológica. Con el caso de la famosa pareja valenciana la confusión inundó las redes sociales, y las versiones de la historia se extendieron tanto que llegaron a distorsionar la imagen del acogimiento familiar. Asociaciones y padres salieron en defensa del principal afectado en el asunto: el menor. “El final feliz para cualquier niño es que vuelvan con sus familias de origen, eso no lo podemos perder, es nuestra guía y nuestro norte. Sean de las características y de la situación que sean, porque son sus padres, su familia”, insiste Mariana Miralles, madre cuidadora que tras explorar el camino de la acogida con su marido, se vieron incapaces de no colaborar.

“El final feliz para cualquier niño es volver con su familia de origen”

Como ella, cientos de semejantes prestan sus manos al año. Toda difusión y ayuda es poca, y es que las vitales carencias psicológicas que sufren estos menores provienen de los vínculos que se establecen durante la primera infancia. Son uniones inestables, que ocupan la primera parte de su vida, y puede hacerles sentir indefensos, pues quien tiene que cuidar y velar por ellos, no está haciendo lo que corresponde, señala Alicia Sirvent desde la Asociación de Familias de Acogida de Alicante GAIA. Las deficiencias en la personalidad dependen en un alto grado de la edad a la que salgan de su familia natal y cada cuando se produzcan las visitas. Cuanto mayor sea el niño, más difícil será establecer un vínculo con su familia educadora. “Muchos menores viven en el caos. Todo ello a nivel psicológico se traduce en esas personalidades efusivas, no entienden que las relaciones tienen que ser sanas, tranquilas”, añade  Sirvent.

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Datos de Bienestar y Protección Infantil

La ausencia de afecto con frecuencia ocupa el primer puesto en sus necesidades, sobre todo si pasan a vivir en un centro. Si no reciben información de sus padres biológicos o no se presentan a las visitas programadas, tienden a preguntarse qué han hecho mal para que no aparezcan. Las familias insisten en lo esencial que es hablarles bien de sus progenitores. Hay que tratarles con educación y respeto para conseguir lavar esa imagen. “No le puedes decir que su madre no ha ido porque no ha querido o se ha olvidado. Le dices que seguro que os habéis equivocado de día, manipulas esa verdad para no hacerle daño”, confiesa Miralles. Se debe minimizar todo lo posible el dolor, necesitan mucho cariño, comunicación, comprensión y límites. Pero sobre todo, que se sientan queridos.

Los educadores insisten en que tienen las mismas necesidades que un hijo biológico, pero más densas. Mariana Miralles vive la preadolescencia de la mayor de sus niñas tuteladas con cantidad de preguntas interiores para las que cuesta encontrar respuesta: “Quieren saber cosas de su historia de vida, de cuando eran más pequeños, y van sacando todo lo que llevan interiorizado.” El acogimiento en su casa se trata con toda la normalidad posible, pues cree que cuanto más se haga, menos les repercutirá en un futuro. A pesar de ello, ambas niñas han pasado más tiempo con este matrimonio que con su familia natal, lo que genera un dilema existencial entre el amor de ambos padres. La mayor lo asimila mejor pero necesita tener la seguridad de que si algo sale mal, ellos van a estar ahí, confiesa.

Futuros en el aire

Las propias familias educadoras también encarnan el papel de defensores, formando asociaciones a diferentes niveles que amparan los derechos de ambos bandos: tutelados y cuidadores. Justi Carretero preside una de estas uniones, la Asociación de Familias de Acogida de España (FADES), que reúne a personas de diferentes puntos de la península. Uno de los temas más relevantes en su lucha diaria es la situación de los jóvenes al cumplir la mayoría de edad. Además, uno de los motivos que hace que los menores no busquen volver con su familia de origen es la violencia familiar, como informa el observatorio de la infancia.

“Los menores que alcanzan los 18 años viviendo con sus familias de acogida suelen quedarse con ellos, pero los que lo hacen en centros o residencias, se quedan en la calle”, explica Carretero. El número de plazas en pisos tutelados o medio tutelados es inferior a la cifra de menores que los necesitan. Además, suelen estar financiados por organizaciones privadas, alguna ONG o empresas externas, siendo mínimos por parte del estado. Sin ayuda económica ni familiar estos adolescentes tienen una alta tendencia a no continuar sus estudios. Desde esta asociación a nivel nacional, y GAIA de manera provincial, intentan trabajar diversos proyectos de apoyo a través de voluntariados, que podría extenderse por el resto de provincias si se consigue participación y difusión. De esta forma colaboran en su día a día. Por otra parte, intentan ampliar el número de pisos de emancipación y las plazas en ellos.

Alicia Sirvent recalca en que el importante papel que se ejerce para cubrir todas las necesidades en los jóvenes, por parte de los servicios sociales, no debería perderse por falta de fondos. Independientemente de las circunstancias que hayan vivido, no han disfrutado de una infancia normal y han sufrido más de lo que deberían. Cambios drásticos, soledad y mucha incertidumbre.

Hogares sin frontera

Las familias españolas también optan por la acogida internacional. Uno de los programas más conocidos tiene lugar en el desierto del Sahara. “Vacaciones por la paz” se encarga de minimizar las posibles secuelas que pueden vivir los niños saharauis por las altas temperaturas estivales del norte de África. Así comienza la historia de Naziha Hamadi, niña de acogida temporal desde los 6 años, que pasados más de 20 ejerce de intérprete para niños en su misma situación.

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Las asociaciones realizan actividades para integrar a los niños jugando | Rocío Fernández

El futuro de Hamadi no se encontraba en su país natal, pues cada vez peligraba más su estado de salud, ya que sufría de cataratas y su vuelta le provocaría incluso una secuela de por vida. Su camino en España se iba remarcando, sobre todo por ella misma, quien confiesa su verdadero sueño infantil cuando llegó al país: “Con 6 años mi idea era que al ser un poco más mayor me pondría un vestido negro, hablaría con el presidente Bush y le exigiría que Marruecos nos devolviera nuestro Sahara”.

A pesar de su escasa edad cuando dio sus primeros pasos en la península, la joven recuerda haber llorado a diario con cada una de las familias que la acogieron, inundada por un sentimiento de soledad: echaba de menos dormir en el desierto con sus hermanos. “La alimentación, la higiene, la salud, todas esas carencias también las tenemos en el Sahara, pero de eso un niño no se da cuenta, le da igual, su carencia es solo su familia”, insiste.

“Uno crea su propia cultura, y a mí la vida me ha dado dos”, revela Naziha Hamadi

La saharaui no olvida el sentimiento de rechazo que vivía al cruzar el charco con las historias que vivía en el continente europeo y sus amigas no creían lo que contaba. Sentía incomprensión por ambas partes, eran dos mundos opuestos. Si en España decide ponerse velo adulando su cultura natal, la persecución de miradas no cesa, y a la inversa si decide no llevarlo en su pueblo. No siente cumplir las condiciones para encajar en ellas, e intenta buscar su equilibrio. “Muchas veces me planteo qué hubiera pasado si no hubiese venido nunca a España… seguramente tendría menos conocimientos. Yo me siento rica en cultura”, afirma.

Naziha Hamadi ha vivido con las carencias que le ha podido causar vivir en tantos ambientes diferentes, pero a su lucha le queda todavía tiempo para saldar, ya que los arraigados prejuicios de ambos países han colocado la mente de esta joven en un solo lugar: el futuro. Al final, no importa la familia de procedencia o descendencia: “uno crea su propia cultura, y mí la vida me ha dado dos”, insiste.

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