Cambiar la piel en el escenario

Actuación

Se cierra el telón.

El director pide silencio, la gente comenzará a entrar de un momento a otro y debe estar todo listo. No nos dejan salir de la sala ni para recibir a los espectadores, ni siquiera a los familiares, que visitan los teatros escasamente cuando son sus allegados los que aparecen. Se oye murmullo en la zona de butacas, parecen tener prisa por conseguir los asientos más cercanos a las tablas.

Los segundos se convierten en horas detrás de un escenario de no sé cuántos metros que está al alcance de miles de ojos ansiosos por ver al fin la función. Los nervios se apoderan de mi cuerpo, que está casi más ansioso que el público que aguarda nuestra salida. A mi derecha, mis compañeros, situados en fila y, al igual que yo, vestidos completamente de blanco cual cuerpo de marines que espera órdenes de su capitán. A mi izquierda, un folleto con el nombre del grupo: “Micropinceladas”, y el orden de sketches; el primero, el mío.

En conjunto, la propuesta ofrece once escenas escritas por los propios actores. Algunos se enfrentaban por primera vez a la temida página en blanco; la aprobación y el éxito de su escena está en el aire. Once autores y veintidós actores en un espectáculo en el que el teatro se hace pintura y la pintura se hace teatro, pues cada una de las obras hace referencia a un conocido cuadro que revelará una historia jamás contada. De ahí el nombre del grupo.

La actuación comienza con Blanco sobre blanco, un lienzo de Kazimir Malévich totalmente desierto que da vida a una subastadora que pretende vender una obra de arte incompresible para muchos. El personaje da pie al resto de pinturas, que personificarán cuadros como Guernica”, “La Bella Durmiente”, “La noche estrellada”, “El grito”, “Los fusilamientos del tres de mayo”, “El jardín de las delicias”, “El beso”, “Saturno devorando a un hijo”, “El gato de Schrödinger” y “La muchacha de la ventana”. La mayoría  de representaciones son cómicas; con un punto erótico que choca con la comedia a la que estamos acostumbrados. Por otro lado, la innovación tiene una desventaja: la posibilidad de fracasar.

Pascual Carbonell: “A por ellos, chicos. Mucha mierda”

La posibilidad de no agradar al espectador es un miedo que atormenta a todos los actores. La frase de Émile Zola asaltaba mi mente una y otra vez: “No hay que olvidar el maravilloso poder del teatro, su efecto inmediato sobre el espectador. No existe instrumento mejor de propaganda”. Acostumbrada a escribir y representar comedia, me veo inmersa en un nuevo objetivo: romper las cadenas que me encasillan en este género; una responsabilidad quizá muy prematura para mis pocos años de experiencia.

Pascual Carbonell, director y creador de la magia que está apunto de ocurrir, asoma a penas la cabeza a través de la puerta. La falta de sueño se hacía presente en su semblante, “los nervios no me han dejado dormir en toda la noche”, dice, con la misma ilusión que refleja un niño con un juguete nuevo, no podemos decepcionarle: “A por ellos, chicos. Mucha mierda”, musita antes de desaparecer. Y entonces caigo en la cuenta de que, a pesar de haber escuchado esa frase un sinfín de veces, no sé por qué se utiliza. Una mano presionando mis hombros distrae mis pensamientos: “Vamos, tú puedes”, musita Luis Caballos con los ojos como platos. Se apagan las luces.

Me tomo unos segundos para repasar mentalmente el texto a una velocidad vertiginosa con el único deseo de no trabarme. De nuevo, ese silencio absoluto que me deja el estómago en un puñado de nudos. Es hora de salir. Y, a diferencia de todos los actores que he podido conocer, aprovecho este último instante para pasar de actriz a personaje. El personaje que interpreto se apodera de mí y, con la seguridad que a la intérprete le falta, doy paso al técnico con un leve guiño de ojo. Estoy lista.

Aprovecho este último instante para pasar de actriz a personaje

Suena la música, salgo al escenario, me coloco en mi posición con los puños cerrados. No sé cuántas personas hay ahí fuera, solo siento el calor de los focos y las miradas clavadas en mí a través de la gruesa tela roja. Que comience la función.

Se abre el telón.