Carne sonrojada

El anuncio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la carcinogenicidad del consumo de carne roja y de la carne procesada fue muy discutido. Sin duda. Un batiburrillo de alerta, indignación y escepticismo infectó, de forma generalizada, a la población. Las asociaciones vegetarianas parecían regocijarse con la noticia y los carniceros afilaban sus cuchillos con cara de Chucky. El gracejo de las redes sociales también tuvo su dosis de protagonismo. Recordadas serán las pinceladas del tipo “la OMS declara cancerígeno el primer objeto que veas a tu derecha” o “creo que solo se referían a la carne del Mercadona”.

Así, el 26 de diciembre, con la resaca de la fiesta de Jesucristo, se cumplirán dos meses desde que todo el mundo sabe diferenciar los colores de la carne (en resumidas cuentas: que la roja de la ternera es mala y la blanca del pollo es buena). Pero, ¿qué ha cambiado?, ¿ha modificado la población sus hábitos alimenticios? La respuesta parece clara: no. Las ventas de embutidos, solomillos y patas de jamón no han decaído en exceso y el tofu sigue siendo tofu. Ante esta situación conviene debatir si somos rematadamente tontos por no cuidar nuestra dieta ni con los avisos de las autoridades sanitarias o si la OMS ha perdido su credibilidad. Puede que sean las dos cosas.

La efímera alarma social que creó el anuncio es comparable a la que surgió con el ébola, la gripe aviar o las vacas locas. En todos los casos, y quizá por el instinto de supervivencia del ser humano, está marcada por el nacimiento de un estado de preocupación irracional que se alimenta de las opiniones de los demás y que desaparece con el paso del tiempo. Por tanto, internet juega un papel muy importante en la difusión y exageración de los acontecimientos morbosos. Pero eso ya lo sabíamos. Y que las salchichas Frankfurt no son demasiado recomendables para el correcto funcionamiento del organismo, también. Desde hace años.

Un aspecto que dio pie a la exaltación del personal fue la consideración de la carne procesada como perteneciente al mismo grupo nocivo que el tabaco, el asbesto y las emisiones de diésel. No obstante, la contundencia del mensaje tuvo que ser rectificada, horas después, por la propia OMS: “Las clasificaciones realizadas describen la fuerza de la evidencia científica sobre un agente de ser una causa de cáncer, más que de evaluar el nivel de riesgo”. Es decir, que comerse una butifarra nunca va a ser tan perjudicial como fumar. De hecho, uno de cada cinco cánceres está provocado por el tabaco mientras que uno de cada 33 se puede atribuir al consumo de carne procesada o roja.

En definitiva, se puede sintetizar el asunto en un problema de comunicación. La sociedad está cada vez menos capacitada para analizar, objetivamente, la información que recibe. Por otro lado, entidades cambiantes como la OMS, que trataba hasta el año 1990 la homosexualidad como una enfermedad psiquiátrica, no encuentran la forma de moderar el alboroto desmedido que generan sus descubrimientos. Es lo malo de quedarse en un titular llamativo.

Por Ismael Samain Ul Alam Quesada y Alberto Pascual Selva.

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