Crítica teatral a los esclavos de la sociedad

Un foco. Un único foco alumbra el demacrado rostro desaseado de un hombre de pie, sobre el escenario del teatro Principal de Alicante. Nuestra mirada se centra en Rober, el personaje interpretado por Fran Cantos. Es un varón atormentado, ataviado en una túnica larga, que en algún momento de su pasado lució del mismo color que una perla, pero que ahora en nada se diferencia de una mugrienta paleta de colores tierra, iguales a los de la cueva que durante cuatro interminables meses ha sido su residencia, su cárcel. Sobre sus hombros reposa una holgada y andrajosa capa marrón, que nos permite situarlo en el país de Oriente Medio, donde se encuentra retenido y privado de cualquier derecho: Está secuestrado en Afganistán.

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El interior del teatro Principal de Alicante, momentos antes de empezar la función “Los esclavos de mis esclavos”.

Así da comienzo la obra social de Julio Salvatierra, Los esclavos de mis esclavos. La representación, una profunda crítica hacia la actual guerra geopolítica y la pasividad de los Gobiernos ante el declive de sus ciudadanos, nos invita a reflexionar sobre las verdaderas víctimas de estos conflictos. Personas, cuyos derechos han sido violados, ven peligrar su forma de vida cada día ante las amenazas de grupos radicales formados por sus conciudadanos y por los soldados extranjeros que invaden sus territorios.

Pronto, la decadente soledad que hostiga a Rober es aliviada por Álvaro Lavin, quien representa a otro cooperante de ACNUR, al que la célula terrorista afgana ha raptado por su aclamada reputación. Ismail despierta despojado de sus posesiones y vestido y atado de igual modo que su compañero, que lo somete a un exhaustivo interrogatorio para saber la situación fuera de ese asfixiante agujero en la montaña. El reciente prisionero nació en Afganistán y, a los diez años, partió junto a su familia hacia Estados Unido para emprender una exitosa vida como escritor de Bestsellers. Pasan las semanas y, aunque los dos hombres pertenecen a clases sociales diferentes, ambos coinciden en la causa de su cautiverio. Los conflictos religiosos, especialmente entre los fanáticos del Corán y de la Biblia, son el motivo principal de que la vida de los colaboradores quizás esté próxima a terminar.

Desde el punto de vista de la antropología social, las decisiones que toman algunos fanáticos podrían estar justificadas. Según explica el antropólogo de la Universidad Miguel Hernández, Antonio Miguel Nogués: “El ser humano es un 10% de componente lógico y el 90% restante lo forman nuestras creencias, nuestras pasiones, la ideología. El primero nos enseña a ver todos los homosapiens iguales, mientras que el segundo justificaría las decisiones ilógicas, movidas por impulsos, como los conflictos religiosos e, incluso, la independencia de Cataluña”. Muchos juicios carecen de racionalidad, como los actos terroristas en Siria, que acaban con millones de personas muertas, porque los extremistas consideran que su pueblo ha sufrido una constante e inacabable opresión. Y este resquicio del pasado es, para los radicales musulmanes, la suficiente justificación para privar de derechos y libertades a quienes ellos creen descendientes de los criminales culturales de Occidente. Sin embargo, la falta de conocimiento de otras etnias alimenta el odio entre la gente.

“La desinformación, o la carencia de información veraz, genera la mayoría de los prejuicios que tienen las personas”, añade el profesor de antropología.

Por el incesante transcurso del tiempo, Ismail cumple ya tres semanas de encarcelamiento. Rober, por su parte, desiste en seguir contabilizando su estancia allí. Pues como un ave enjaulada que asiosa y desesperadamente acepta su inevitable sino, así reconoce el cooperante su lúgubre destino. “Crac, crac… ¡Pum!”, de repente encierran a otro cautivo, envuelto en las mismas prendas que los anteriores residentes de la inmunda caverna. “Ojalá sea un periodista, para que nos ponga corriente”, declara el dramaturgo. “Pues yo preferiría a un montañero,  porque aumentarían nuestras posibilidades de escapar”, replica el colaborador. Para asombro de ambos varones, el nuevo prisionero descubre su delicado rostro. No se trata de un informador ni de un alpinista, sino de una mujer, la responsable de la seguridad sobre el terreno de ACNUR, Anik, caracterizada por Elvira Cuadrupani. La trabajadora de la ONG era la primera mujer a la que vieron durante su estancia en el infierno afgano. También parecía haber otra fémina que les proporcionaba alimentos, pero protegida en su burqa, no lo sabían con certeza.

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Rober (en pie), Ismail y Anik son los integrantes de ACNUR que mantienen secuestrados en una cueva en Afganistán.

Con la continua sucesión de las semanas, llega el momento en que Anik y la señora musulmana, Amina, (a quien da vida Inés Sánchez) mantienen un encendido diálogo sobre el papel de la mujer en sus respectivas sociedades. A diferencia de la encargada, Amina escogió libremente seguir las enseñanzas del Corán, porque su madre las seguía y, con ella, compartió momentos únicos, como la primera vez que vio una sonrisa femenina, que hasta entonces desconocía por el uso del burqa. La desconocida mujer que los alimentaba quería ser como su progenitora y, en un momento de desesperación para la prisionera, muestra la misma ternura, enseñándole su rostro.

Como Amina, multitud de mujeres que usan velo o burqa en países europeos se sienten marginadas. Cristina Sarmiento,  componente del grupo feminista Voces, reivindica que todas las mujeres deberían ser aceptadas, independientemente de su origen o de sus creencias. De este modo, sería más fácil lograr la igualdad de género que está presente en el discurso de todos los líderes occidentales, pero que no se plasma en la realidad vivida por las mujeres de estas civilizaciones.

“La discriminación y el odio hacia musulmanas que deciden usar burqa o burkini son fomentados por otras mujeres que juzgan culturas diferentes a las suyas”, explica la portavoz feminista.

Amina ya no volvió a aparecer en escena, ni tampoco el entrañable y desorientado Rober. Si bien el grupo terrorista decidió librarse de la mujer por ser más inteligente que algunos varones; a Rober lo sacrificaron como a un toro en una plaza, creando espectáculo de su inevitable desenlace, para hacer alarde de poder ante otros países.

No obstante, ¿qué les aconteció a los demás personajes? El dramático y abierto final de esta obra teatral nos ha impedido saberlo. Tampoco nos ha descubierto la solución a los conflictos políticos, las guerras religiosas o el problema con la discriminación por género. Pero gracias a esta crítica social, podemos reflexionar. Y llegamos a la conclusión de que en situaciones de este tipo, como la de los refugiados sirios o las mujeres discriminadas, los perjudicados son víctimas de la ignorancia de las masas y, en la batalla para erradicarla, todos jugamos un rol importante.

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