Derecho a Ser

Cuando abrimos los libros de Historia por el tema de la Edad Media, no nos sorprende ver cómo las personas homosexuales eran juzgadas, a la par que herejes y hechiceros, con los castigos más terribles que uno se pueda imaginar. También, las personas zurdas eran consideradas seres siniestros y desviados de la sociedad, e incluso algunas creencias afirmaban que estas personas tenían alguna relación con el demonio. Sin embargo, no hace falta viajar tan atrás en el tiempo, porque hace tan solo 42 años que se eliminó la homosexualidad del ‘Manual de Diagnóstico de los Trastornos Mentales’ y apenas, 26 que dejó de ser delito en España. Durante los años posteriores a la Transición, gracias al nacimiento de los colectivos de Lesbianas Gais, Transexuales y Bisexuales (LGTB), las manifestaciones y el apoyo de numerosos personajes públicos, se lograron grandes avances en la visión del pueblo español sobre la homosexualidad.

Sin embargo, sorprende -y mucho- que en pleno siglo XXI siga causando controversia el tema de la transexualidad. Según la RAE, transexual es “aquella persona que se siente del sexo contrario, y adopta sus atuendos y comportamientos”. Algo que dista mucho de la definición de transformista que según este mismo diccionario se trata de “un artista que cambia rápidamente de indumentaria y caracterización para representar distintos personajes”. Entonces, ¿por qué solemos relacionarlos? ¿Es problema de una vaga definición, que deja fuera aspectos tan importantes como los psicológicos, o es cuestión de miedo a lo desconocido? Probablemente sea una combinación de ambas, porque lo que sí es cierto es que las personas solemos asustarnos siempre de aquello que consideramos ‘raro’, ‘extraño’ y ‘diferente’ a nosotros, pero la pregunta es: ¿no seremos nosotros los diferentes?

A menudo, los países europeos abuchean y condenan culturas como la islámica porque siguen teniendo un pensamiento muy arcaico sobre el tema, pero lo cierto es que nosotros no nos alejamos mucho de ellos. Incluso, es más grave si me apuras. Porque es incomprensible que, disponiendo de un elemento tan importante como la democracia, no se esté cumpliendo su premisa más valiosa: proteger la igualdad de todos los ciudadanos. Pero esto no es algo exclusivo de nuestro país, ya que en los catálogos de la American Psychiatric Association y la Organización Mundial de la Salud (OMS), la transexualidad sigue considerándose como una enfermedad mental. En protesta a esto, se constituyó el 24 de octubre como Día Internacional de la Acción para la Despatologización de la Transexualidad como enfermedad mental, pero parece no ser suficiente porque la definición patológica sigue en su sitio.

Actualmente, el proceso de cambio de sexo es sinónimo de una “espera desesperante”. La más significativa es la que se da a la hora de variar el nombre y el género en el Documento Nacional de Identidad. Esto conlleva, como mínimo, 2 años de trámites administrativos. Algo incomprensible, teniendo en cuenta que al año de iniciar la transformación física de un sexo a otro los cambios son bastante notables. Desde fuera, puede sorprender que se le dé tanta importancia a un simple cambio de nombre y género en el DNI. Sin embargo, para las personas transexuales es, probablemente, uno de los trámites más importantes de su nueva vida, ya que, a menudo, tienen que soportar situaciones bochornosas a la hora de realizar cualquier gestión para la universidad o el trabajo, dónde deben aguantar caras raras, preguntas o comentarios sobre el dudoso gusto de su familia a la hora de elegir el nombre de su hijo o hija.

Comentarios discriminatorios, políticas que no apoyan a los colectivos LGTB y hechos intolerables que ocurren en la sociedad demuestran que estamos muy alejados de poder fardar de ser una civilización que tiene la libertad como base. Dejémonos de convencionalismos y seamos por una vez empáticos con las personas. Escuchemos a esas minorías para que no se sientan diferentes y seamos tolerantes con la vida.

Eva Moya, Laura Sala y Jorge Miró

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