El arte de disfrutar con el jazz

Audio José Carlos

Trompeta principal del concierto de jazz

Trompeta principal del concierto de jazz

Audio Elena Moya

Por fin llegó el aplauso final, todos los presentes sabíamos que teníamos que dar lo mejor de nosotros, para demostrar a esos jóvenes lo que valían. La sala retumbó con el gran estruendo de la ovación, las sonrisas de los músicos cobraron vida mientras las gotas de sudor ahogaban a otros. Por fin pudimos verles relajados, seguros y orgullosos de su trabajo.

Sin embargo, entre todos esos músicos, destacaba un hombre de unos 40 y pico años, ojos azules, alto y pelo castaño. No tocaba el saxofón igual que los otros, él tenía más experiencia, transmitía mucho más. La gente mientras seguía aplaudiendo decía que era de los mejores de allí, obviando incluso a sus propios hijos que desde el escenario les sonreían directamente. Ese hombre era José Carlos Luján, profesor de la asignatura de jazz del Conservatorio Profesional de Música Ana María Sánchez. Se podía ver a través de sus ojos los 12 años vividos en esas paredes, enseñando, riendo e incluso llorando con todos los alumnos que habían pasado por él.

Los percusionistas montaban la batería mientras se organizaba el mobiliario del escenario

Los percusionistas montaban la batería mientras se organizaba el mobiliario del escenario

José Carlos ha tocado toda la vida el saxofón. Y no ha pasado ni un solo día que dejara de tocarlo, porque según él: “la música es mi lenguaje”. Pero este hombre no solo se ha enfocado a la música en general, sino más bien al jazz. Y es que no todos van por el camino de la música clásica. No todos tenemos los mismos gustos, y por supuesto no todos podemos llegar al mismo punto en la vida.

“La música es mi lenguaje” según José Carlos Luján

Mientras recorremos los pasillos del misterioso conservatorio, José Carlos me explica que para él impartir tan solo un año de jazz a cada alumno que lo eligiera como optativa le sabe a poco. Saluda a sus alumnos con una amplia sonrisa cuando abre la puerta del aula donde ensayan. Tienen que coger los atriles y algunas sillas para llevarlas al gran salón de actos del conservatorio. Solo les quedan unos minutos antes del concierto, los minutos justos para que todos vayan como locos de un lado a otro. Los minutos justos para revisar que los instrumentos y los músicos estén acordes.

José Carlos cargando con los maletines de los instrumentos

José Carlos cargando con los maletines de los instrumentos

Al tiempo que van colocando el mobiliario en el escenario van llegando pequeños grupos de maletines y estuches andantes. De repente salen instrumentos enormes, un saxofón barítono, otro tenor… y sin siquiera darme cuenta la batería se ha montado casi sola. Comienza el ensayo y aunque era solo un ensayo previo al concierto, todo el mundo está atento y en silencio. Media hora después abren las puertas de la sala y el público entra como loco para coger los mejores asientos.

Todos están listos, José Carlos aún no. Se ríe y cuenta chistes malos al público porque esa es una de sus características, pero nunca son lo suficientemente malos como para no hacerte reír. Ahora sí, ya está todo: tres, dos, uno, ha dado la entrada. Un ritmo de fondo comienza a sonar: “badumdumdumbachas” era nada más ni nada menos que un bajo. Una trompeta asoma a partir de ese sonido de fondo, y entonces poco a poco van apareciendo más voces. Mi oído parece un crítico musical, consigo diferenciar las diferentes melodías. El ritmo del jazz prima en todas ellas, pero cada una con un toque distinto.

Para la cantante de jazz Elena Moya, cantar es “disfrutar y saber transmitir”

De repente, lo oigo, es él. Su timbre suena brillante y potente, su expresión conmueve a cualquiera. José Carlos está con los ojos cerrados, se levanta, se sienta, se mueve por el escenario y aunque su boca está en el saxofón se le nota que sonríe y que lo está disfrutando. Con la primera pieza acaba mi viaje al swing de los años 40. Pero otro clásico venía de camino “The man I love” cantada por Elena Moya. En el momento en que abrió la boca, un sentimiento de envidia me recorrió todo el cuerpo, esa dulzura que viene por nacimiento, la intensidad que se le da cuando se abre la garganta, la proyección, todo era algo inesperado. Pero eso no la tenía demasiado preocupada, porque lo más importante para ella a la hora de cantar es “disfrutar y saber transmitir”.

La voz de los saxofones era una de las principales en el concierto

La voz de los saxofones era una de las principales en el concierto

Durante todo el concierto pude vivir varios estilos, desde un rock hasta una bossanova, para acabar con un mambo caliente de Arturo Sandoval. No me explico cómo, pero de repente hacía un calor veraniego en la sala del concierto. Los ritmos latinos de la percusión, los solos de los músicos, el fondo del bajo y el piano juntos… De repente eran las 19:30. Había pasado una hora. Inesperadamente todos gritaron “Mambo” y se levantaron.

La audición había terminado y por fin llegó el aplauso final, todos los presentes sabíamos que teníamos que dar lo mejor de nosotros, para demostrar a esos jóvenes lo que valían. La sala retumbó con el gran estruendo de la ovación, las sonrisas de los músicos cobraron vida mientras las gotas de sudor ahogaban a otros. Por fin pudimos verles relajados, seguros y orgullosos de su trabajo.