El dolor hecho danza

El agua, su veneno. Los espejos, su perdición. Las peceras, su aislamiento. El deporte, su vía de escape. Es sábado 12 y en el Teatro Serrano de Gandía se mueven cuerpos que desencajan su centro de gravedad para evocar las situaciones de las personas con trastornos alimentarios. La danza bolera, contemporánea y flamenca borran sus fronteras y se unen en un perfecto equilibrio, conmovedor y vibrante, de lo que estas pérfidas enfermedades provocan en la mente y cuerpo de cada vez más jóvenes. Princesas o comerse la vida se carga de poesía visual, energía y emocionantes sentimientos provocadores.

La anorexia y la bulimia se manifiesta entre los 12 y los 25 años, con comportamientos como comer cada vez menos, realizar ejercicio físico intenso, vomitar a propósito o usar laxantes y otros fármacos con la única idea de adelgazar. “Estos problemas son cada vez más frecuentes y exponenciales”, según Quique Barberá, psicólogo de la Asociación Valenciana de Familiares y Pacientes con Trastornos de la Conducta Alimentaria (AVALCAB). La danza refleja algunas de las causas de estos trastornos. Apariencia. Aparentar lo que la gente dice que seamos; una mujer delgada, de revista, siempre provocativa que llama la atención. O un hombre fuerte, popular y ‘ligón’. De algún modo,  pretender ser lo que los demás quieren que seamos. 

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Vicente Ferragud, Sandra Ruiz y Mireia Fuster en plena actuación / A.Blanquer

La presión que la sociedad ejerce sobre nosotros desemboca en los problemas y la ira que los personajes de Princesas o comerse la vida representan. A lo largo de las casi dos horas que dura el espectáculo les rodean botellas de agua, como una prolongación de ellos. “El agua actúa como símbolo de la necesidad de adelgazar, es una forma de engañar al hambre utilizada en las dietas. Se apoyan en eso, viven en eso, es su cobijo y su veneno a la vez”, espetó tras la obra Eva Moreno, coreógrafa del espectáculo. A su vez, el plástico que contiene el agua se convierte en la basura que produce el mundo occidental, tanto física como ideológica y cultural. El consumo desmesurado que acaba embadurnando de mugre a cualquier humano. Quique Barberá expresa: “Se sienten tan mal, tienen tanta insatisfacción que necesitan llenar el vacío al que están sometidos continuamente de cosas externas. Pero nunca hay satisfacción”.

Representación del sufrimiento en las jaulas / A.Blanquer

Representación del sufrimiento en las jaulas / A.Blanquer

Quique Barberá: “Se sienten tan mal, tienen tanta insatisfacción que necesitan llenar el vacío al que están sometidos continuamente de cosas externas. Pero nunca hay satisfacción”

La función combina los elementos necesarios que conforman una escenografía escasa pero esencial para describir el sufrimiento y el dolor de estas personas de una manera muy cercana. Los espejos actúan como distorsión de la imagen. Sirven en varias ocasiones para empoderar su belleza inicial. Una sensación agradable ante su reflejo que acaba transformándose en desprecio, en odio a lo que tienen ante sus ojos, a lo que no quieren ver. Pero, también, a los que los miran, a los que los repudian y aborrecen su imagen. Las desagradables enfermedades que deforman la realidad se exhiben y denuncian de una manera hermosa. La pena y el aislamiento de estas personas es mostrada a través de unas peceras, unas jaulas en las que los protagonistas balancean sus cuerpos flotando entre la soledad y la amargura. A través de una iluminación que realza una realidad cruda se retuercen, agotando sus fuerzas hasta desplomarse en el suelo, mientras, en el centro del escenario, se muestra un taconeo flamenco de una de las artistas. El instinto rabioso del estado en el que se encuentra se apodera de sus movimientos y agota a la joven, otra vez más, hasta cesar en el suelo, cansada de luchar contra su ira.

Vicente Ferragud: “Ha sido realmente duro dejar a la persona que somos fuera para convertirnos en uno más de ellos”

Ese ha sido el enorme reto de estos artistas, ejercer total control sobre los movimientos de su cuerpo, sumar una gran interpretación y dar como resultado denuncia. Una toma de conciencia que hace saltar las lágrimas a los espectadores y a Vicente Ferragud, bailarín de la obra, que entre sus palabras quiebra en llanto: “Es difícil bailar otro estilo completamente distinto al mio, mezclar cuerpo e interpretación. Además de mostrar historias reales de personas que llevan a cuestas problemas que no podemos ni imaginar. Hay mucho detrás de todo ello. Ha sido realmente duro dejar a la persona que somos fuera para convertirnos en uno más de ellos”.

La expresión y el sentimiento que expresan los bailarines acaban pintando en el escenario unos jóvenes exhaustos repletos de elementos que describen la mugre en la que se ven envueltos a causa del consumo desmesurado de la sociedad. Una sociedad parcialmente podrida en la que mucho importan las ideas de los demás, dictadoras de nuestros próximos movimientos y redactoras de nuestro diario de vida. Situaciones contemporáneas de un mundo caótico. Y así termina. Como una planta que muere. Mustios caen al suelo. Cuerpos huesudos y consumidos por el maltrato y el dolor.

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