El feminismo impregnado por una permanente mancha de odio

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Elena Simón durante la charla sobre feminismo e igualdad

La experta en feminismo moderno, Elena Simón, explica las bases de este movimiento y culpa a la ignorancia machista de las agresiones que sufren las mujeres activistas

La sala de conferencias de la Sede Universitaria de Alicante se encuentra especialmente abarrotada. Atisbo un asiento libre y observo cómo un grupo de mujeres se sienta formando un conglomerado círculo. En el centro, inmóvil  y con una cálida sonrisa esculpida en los labios, se encuentra una de las más reconocidas propulsoras del feminismo moderno, Elena Simón Rodríguez. Tras una cortés bienvenida, la filóloga comienza su discurso: “Olympe de Gourge o Verónica Franco, entre otras, no solo fueron pioneras en defender los derechos de la mujer, sino que con su carácter indomable y su férrea voluntad, lograron establecer un pensamiento divergente y gestar el embrión del feminismo en nuestra sociedad”.

Sus manos curtidas por el paso de los años se agitan al ritmo de sus palabras, y, su voz firme despierta en los presentes la necesidad de recordar a todas aquellas voces que tuvieron que alzarse en solitario para ser acalladas después a la fuerza. Hoy esas voces se ahogan mancilladas con burdas frases pintarrajeadas en los baños públicos de los adolescentes. Quizá alguien pudiera pensar que la inexperiencia propia de la pubertad motiva a estos ingenuos a espetar ofensas hacia las mujeres activistas.No obstante, ellos no son los únicos. Las redes sociales se inundan a diario de comentarios denigrantes hacia las mujeres. Sus autores se atreven a comparar el movimiento feminista con el nazismo, y, mediante términos como “feminazis” o “hembristas”,  insultan sin pudor a las féminas. La corriente de odio disuelve la equidad y el discurso de odio es más poderoso que el deseo de igualdad

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El símbolo asocia a las mujeres feministas con el nazismo

El término feminismo fue acuñado por Charles Fourier a principios del siglo XIX. La expresión engloba en una sola palabra multitud de ideas revolucionarias, libertarias, comunitarias y emancipadoras que ya comenzaban a surgir en aquel entonces. A pesar de que el pensamiento feminista ha evolucionado y ha aunado sus diferentes perspectivas, el planteamiento inicial se ha mantenido intacto. Su propósito siempre ha sido construir una sociedad igualitaria, en la que las agresiones físicas o verbales no se oculten bajo un raso velo de sexismo encubierto por falsos espejismos de igualdad. No obstante, tal y como afirma la jurista y experta en feminismo, Amparo Calabuig: ”Todo planteamiento trasgresor que pretende un cambio de raíz, en este caso, remover la construcción social patriarcal, provoca resistencias”. Y añade: “En ocasiones, la intransigencia se transforma en un odio misógino e irracional hacia la mujer y sus ideales”.

Tal y como afirma la abogada, la aversión hacia las mujeres feministas ha creado una permanente mancha de odio que se refleja continuamente en los comentarios denigrantes  que reciben, principalmente, a través de las redes sociales. Ya en 1990 se usaba el término “feminazi” para referirse a mujeres que, supuestamente, creen en la superioridad de su sexo frente a los hombres y que quieren imponerse a estos mediante el uso de prácticas totalitarias. El término fue popularizado por el locutor de radio estadounidense Rush Limbaugh y se empleó inicialmente para referirse a las mujeres que defendían el derecho al aborto. Limbaugh, un hombre de firmes convicciones conservadoras y ligado estrechamente al Partido Republicano, tuvo la ocurrente idea de asociar el movimiento feminista con el Holocausto.

Según la presidenta del grupo feminista “Voces” de Santa Pola, Irene Mora, este tipo de embistes misóginos responden al contraataque del “Status Quo”, y se alimentan de “falsas creencias provenientes de personas que aún no han entendido el verdadero propósito del feminismo”. En palabras de Samuel Ortiz, Concejal de Juventud e Igualdad: “La palabra feminazi se ha arraigado de una manera peligrosamente descontrolada y sus víctimas lo sufren a diario en una sociedad injusta y machista”. Algunas mujeres callan, otras, como Elena Simón, se rebelan y defienden sus derechos.

En la sala reina el silencio mientras la formadora de Género y Coeducación, Elena Simón, revive, con una amarga expresión en el rostro, algunos momentos de su vida en los que fue agredida verbalmente por el simple hecho de demostrar su valía como mujer.

“He recibido insultos de todo tipo, algunos me han llamado perra falofóbica; otros aseguran que mi ímpetu por defender los derechos de las mujeres viene derivado por mi aversión hacia el sexo masculino, estos últimos me llaman feminazi”, afirma la filóloga.

Sobre su regazo sostiene algunos ejemplos plasmados en papel de los insultos y amenazas que recibió. Estos mensajes rezan así:

“Eres una lesbiana resentida que intenta encubrir su odio haciéndose llamar feminista “

 

 “En lugar de protestar tanto ponte a limpiar, seguro que eso se te da mejor”

 

“¿Si los hombres se extinguen cómo piensas sobrevivir? ¡Jaque mate perra!”

Las duras palabras pronunciadas por Elena resuenan como bofetadas en la sala:” El movimiento feminista no es tóxico y tampoco contamina y para hacerse valer, primero hay que armarse de valor”. Quizá estas mujeres deban seguir su consejo y ponerse  las “gafas violeta”  de las que habla en su último libro, Hijas de la igualdad, herederas de injusticias. Quizá, a través de estas lentes, puedan desenmascarar las desigualdades entre hombres y mujeres, y erradicar así el odio misógino. A través de ellas miraba la Embajadora de Mujeres y filántropa, Emma Watson, cuando, erguida ante el atril de la sede central de la Organización de Naciones Unidas (ONU), sentenció: “A todos aquellos que me dijeron que ser feminista es más inútil que ser mujer, les diré que lo mejor que me ha pasado en la vida es ser feminista y ser mujer”.

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