El paraíso de las farmacéuticas, los bancos y los turistas

Después de recomendar a la mujeres que tengan precaución con la violencia machista en lugar de tomar medidas legales para frenarla, al Gobierno de Rajoy sólo le falta emitir una lista con recomendaciones para dirimir el estrés generado por la crisis económica, ya que vemos que no se emprenden las medidas pertinentes para desahogar los hombros del trabajador.
Y sobre los hombros un estrés perenne que no cambiará mientras los cabezas de familia no tengan la certeza de que podrán proporcionarles un plato caliente a sus hijos el día de mañana. Estrés que quita el sueño literalmente, pues se calcula que al menos el 12,2% de la población española toma algún tipo de somnífero de forma habitual. Cifra ésta que se ha sextuplicado en sólo 10 años,  desde antes de comenzar la depresión económica, cuando en 2005 tan sólo un 2% de la población consumía estas drogas legales.
Quizás el consumidor de somníferos lo hace más por la posibilidad de soñar que por la de dormir, viendo que las esperanzas de muchos españoles descansan en el “voto por el cambio” o en un número de lotería. Pero de sueños tampoco se come y hay que hacer algo si el único sustento que puedes aportar a la economía familiar es el de tu impotencia y amargura. Ahí entran en juego los tranquilizantes y el alcohol. Desde 2005 los consumidores habituales de tranquilizantes han pasado de ser un 2,7% de la población a un 7,9% y los consumidores de alcohol han pasado del 64,6% a representar el 78,3% de los españoles.

Y es que con más de cien desahucios diarios y setecientos cincuenta mil hogares sin ingreso alguno cualquiera tiene la valentía de tranquilizarse. España se convierte en una ruleta rusa en la que en cualquier momento puede caer un familiar, amigo o incluso uno mismo. Un escenario doliente conociendo la gigantesta cifra de 3,4 millones de viviendas vacías y con una legislación que no contempla la dación en pago como forma de saldar la deuda hipotecaria. Quizás ésta termine pagándola tu aval, que a su vez termine con una borrachera de ansiolíticos tanto o más grave que la tuya, si por casualidad no se encontrase ya en una situación similar. Y ya de paso perderás el contacto con tu aval, que quizás era tu familiar o amigo cercano.
Toda una bacanal esta de los ansiolíticos que no querían perderse algunas empresas, pues con más de una décima parte de la población española drogada por la vía legal imaginen el pelotazo de las farmacéuticas, las empresas que más rentabilidad han encontrado a la depresión económica. Les tocaba turno después de a los bancos, por si todavía no teníamos claro cuáles eran los agentes económicos de más relevancia.
Y así varios millones de españoles como en un gallinero de explotación intensiva: sin dormir, confinados entre los alambres de los pagos por hacer, con medicación constante para evitar la enfermedad por estrés y con unos matarifes trajeados que si hace falta te desplumarán hasta que tu patrimonio sean tus manos desnudas y los decenios de trabajo que tardes en pagar la deuda de unos bienes que ya no posees, como esa sencilla vivienda que compraste con tu pareja en unas condiciones hipotecarias maravillosas.
El Estado, especialmente durante la administración Rajoy, ha pasado de ser el respiro a ser el suspiro, pues cuando menos se requería no faltaba la subvención pertinente, pero cuando ha sido necesario los tijeretazos en sanidad han ajustado el caudal monetario destinado al tratamiento y prevención de las drogas y el alcohol, dejando a los nuevos “drogadictos” de la crisis económica bajo el amparo vacío del un eslogan político falto ya de toda legitimidad. Quién diría que la siguiente oleada de drogadicción desde los 90 tendría una raíz de tipo político y estuviese bien regulada con impuestos.
Espiral de consumo, esta de los ansiolíticos, que se agudiza de forma proporcional a la bajada del empleo, la precariedad laboral y la acumulación de deudas bancarias. Situación que parece no tener soluciones rápidas pero a la que podemos atribuir varios culpables, y es que teniendo que pagar los contribuyentes los más de cuarenta mil millones de euros anuales que nos cuesta la corrupción política en España, causa asperezas ver cómo se han recortado terriblemente nuestros derechos y prestaciones sociales, sabiendo que los impuestos no han hecho más que subir y que no se toman medidas para evitar la corrupción política. Pesan ahora los colocones de derroche que supusieron algunos proyectos faraónicos como la Ciudad de la Luz, Terra Mítica, l’Oceanogràfic, los aeropuertos fantasmas y las cientos de carreteras y rotondas a ninguna parte.
“Donde fueres haz lo que vieres” decía la dicha, y así debe de ser en el tercer país con mayor número de turistas del mundo, pues muchos de ellos, venidos de Europa, han encontrado en España un lugar donde encontrar la tranquilidad drogándose entre caudales de alcohol y otras sustancias mientras destrozan el mobiliario urbano y suben sus hazañas a la red. La paradoja es que ellos lo hacen por diversión y nosotros para seguir adelante y defender nuestros derechos.

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