El telón de la inocencia

“He llegado por fin a lo que quería ser de mayor: un niño”. Una voz dulce y sosegada interrumpió de golpe el murmullo propio de los espectadores, impacientes porque comenzara la obra. En ese momento, en el teatro Arniches inundó el silencio, dejando a un lado la oscuridad que envolvía el escenario. El público se revolvió entre las butacas y los niños, inquietos y expectantes, miraban hacia todos los lados, moviendo la cabeza de izquierda a derecha y buscando incluso debajo de los asientos, intentando averiguar de dónde procedían aquellas palabras que calmaron el ruido.

De repente, cuatro focos iluminaron el pequeño y acogedor escenario. Un grupo de bailarinas, ataviadas con brillantes y pomposos vestidos, invadió el teatro. “¡Todos en pie, arriba todo el mundo. Vamos a comenzar a divertirnos!”, gritó una de ellas.

Los protagonistas de Diverland enseñan al público la coreografía que deben imitar / R. Antón

Los protagonistas de Diverland enseñan al público la coreografía que deben imitar / R. Antón

Los asistentes se levantaron sin pensar, como si sus piernas siguieran solas el ritmo de la música, y repitieron, de manera sorprendentemente coordinada, los pasos que les indicaban desde las tablas. El espectáculo había comenzado.

Diverland es un proyecto pedagógico-musical, desarrollado por especialistas en la estimulación psicomotriz y dirigido a potenciar la inteligencia emocional y el aumento de la autoestima en los más pequeños. “En la mayoría de espectáculos infantiles, a los niños se les trata como si fueran tontos. Entonces, pensé como si fuera un niño y en aquello que me gustaría ver, y así nació el proyecto”, explica ilusionado Jorge Galaz, actor protagonista y creador del show.

Cantar y bailar de manera divertida y visualmente impactante, permite a los niños y niñas desarrollar el sentido rítmico y la expresión corporal a través del teatro, aumentando así la confianza en sí mismos y mejorando su autoestima. Después de los primeros pasos de baile, los adultos pierden la vergüenza y viajan de nuevo a su propia niñez, camuflándose entre los más pequeños y sin preocuparse por ocultar su entusiasmo.

Diverland es un proyecto pedagógico-musical dirigido a potenciar la inteligencia emocional y el aumento de la autoestima en los más pequeños

El público, que se encontraba disperso por la platea, protagonizó la siguiente escena. Las luces se apagaron y el murmullo volvió a inundar el teatro. Casi un centenar de miradas se dirigieron hacia el palco, iluminado por una tenue llama procedente de dos enormes cirios que se situaban a ambos lados del anfiteatro. El chirrido de las viejas butacas, producido por el movimiento inquieto de los pequeños, se mezclaba con una sutil melodía. Tras unos segundos de espera, los focos de la sala se dirigieron a la grada superior. Jorge Salaz, protagonista del show, junto con el resto de actores explicó el siguiente acto. El público quedó divido en dos mitades y como si de una batalla épica se tratara, se colocaron unos frente a otros. Había que encontrar el tesoro, una lujosa varita mágica, escondida con sumo cuidado y delicadeza entre alguno de los aterciopelados asientos del Arniches. Los más pequeños corrían, se arrastraban bajo los asientos como auténticos soldados que se deslizan entre la maleza para no ser descubiertos. El elenco de artistas se movía entre el auditorio y alentaba a los niños y niñas a encontrar la preciada recompensa.

Jorge Galaz y Tamara Millán, cantantes y actores principales de la obra / R. Antón

Jorge Galaz y Tamara Millán, cantantes y actores principales de la obra / R. Antón

“¡Aquí está, ya es mía!”, exclamó entusiasmada una niña al fondo del salón. Levantó la varita todo lo que pudo y en su cara se dibujó una amplia sonrisa. La ilusión se apoderó de todos y cada uno de los presentes. Los niños, disgustados por no haber sido los afortunados pero satisfechos por haber completado el juego, reclamaban seguir participando en la obra. El espectáculo debía continuar, y así fue.

Suena la música, el telón se cierra y todos desaparecen; durante unos instantes parece que todo ha terminado. “¿Ya se ha acabado mamá?, ¿De verdad dura tan poco tiempo? Algunas quejas se escuchan de fondo y otros se levantan de los asientos dispuestos a abandonar el teatro. De pronto, cada rincón se ilumina, el telón sube y los espectadores ya no lo son. Ahora, el público y los actores forman un enorme elenco de baile, todos siguen el ritmo de la música y bailan la coreografía que han ensayado al comienzo de la obra.

Al fondo del escenario, una pantalla muestra mensajes de ánimo para todos aquellos que, en algún momento, han pensado que eran incapaces de cumplir sus sueños. “Tú puedes”; “Confía en ti”; “Eres capaz de todo”.

Diverland es un musical pensado primordialmente para los más pequeños; un espectáculo lleno de luz, diversión y color. Un show donde la alegría impregna el ambiente y donde valores como la amistad o el compañerismo se inculcan como algo primordial. “Volvería sin pensarlo, sobre todo por mis hijas que han disfrutado y aprendido mucho. Se lo han pasado en grande y yo he perdido un poquito la vergüenza”, bromea Daniel Sánchez, uno de los padres que ha llevado a sus hijas, de 4 y 6 años, a ver el musical. Uno de los pilares fundamentales del teatro, sin el cual este tipo de espectáculos no existiría, es que divierten y entretienen, a la vez que educan y enseñan.

El elenco de Diverland se hace un selfie con el público

El elenco de Diverland se hace un selfie final con el público / R. Antón

Todo esto recuerda a algo que Charles Chaplin dijo alguna vez: “La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida. Hazlo antes de que el telón baje y tu obra termine sin aplausos”.

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