Emociones prohibidas a través de la danza

El día a día de la sociedad actual está marcada por la publicación en redes sociales de momentos, instantes, emociones que casi siempre son alegres. Snapwalk es el título que da vida a esta muestra de danza y teatro, un guiño evidente a Snapchat que trata de mostrar esos sentimientos o estados emocionales más oscuros del ser humano que parecen estar prohibidos, por lo menos para ser inmortalizados en el mundo virtual.

Antonio Crespo es el director de Espacio Negro, compañía que ha dado vida a esta muestra. El trabajo de mesa se ha producido a lo largo de un año en compañía de Anabel García que se ha encargado de la parte de los sonidos; y Leticia Ñeco que iba a ser la protagonista por sus cualidades para la danza, hasta que abandonó el proyecto en manos de una antigua alumna.

“Inocencia, mentira, miedo, violencia y autodestrucción. Esos estados los tenemos, pero los suprimimos o nos evadimos de ellos”, comenta la protagonista

Raquel Linares cautivó al director al exhibir la pieza tal cual la había creado la primera protagonista, tan solo viendo vídeos. Era evidente entonces que la sustituta ya había sido encontrada. Su memoria privilegiada para emular cada movimiento con imágenes, su interpretación de las emociones desde la verdad y la generosidad para transmitir, la hicieron nueva protagonista. “Inocencia, mentira, miedo, violencia y autodestrucción. Esos estados los tenemos, pero los suprimimos o nos evadimos de ellos”, comenta la protagonista.

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Raquel Linares representando el estado de Inocencia/Rafael Ruiz

La pieza ha sido estrenada en L´Escorxador, dentro de la sala “Espaci Escènic“. La idoneidad de esta radica en su tamaño reducido especial para estrenos que generan dudas sobre la asistencia; la oscuridad de la sala se contradice con la luz que genera el simple hecho de entrar, quizás porque personas humildes que desean empezar en el mundo de la danza y la interpretación, dejan la buena energía en este espacio y la transmite a los nuevos espectadores que entran cada semana. Sin duda alguna, la sala fue un acierto para potenciar la fuerza de la pieza.

Snapwalk empezó intentando mostrar como primer estado emocional, la inocencia. La protagonista vestida de blanco apareció para transmitir esa pureza que evoca el color, además en ese vestido no hay manchas, no hay rotos, para hacer ver que su ser sigue intacto. La cantante le acompañó con una especie de eco que simula a un coro de niños y a través de un pedal lanzaba ese eco repetido y continuo. Por un momento dio la sensación de que el espectador está en miedo en vez de en inocencia, hasta que el sonido se dulcifica. Los movimientos de la bailarina son circulares, suaves y gira a través del vestido que se convierte en el centro de atención.

Poco a poco los movimientos circulares cesaron y la protagonista se detiene para añadir al vestido un corsé tres tallas más pequeñas que la suya. Este elemento  provoca que la bailarina ya esté disfrazada de mentira y le sea más fácil transmitirla. Los movimientos pasaron de circulares a ser líneas rectas perfectas, como la vida de cualquier persona, que se rompen por culpa de la mentira. La bailarina se apoya en una barra que hace referencia al materialismo de la sociedad, y que esta utiliza como sustentación. “1, 2, 3, mentira; 1, 2, mentira, mentira, mentira, mentira”, decía la cantante con voz distorsionada mientras la protagonista iba perdiendo el equilibrio.

El corsé dejó de ser necesario y sus movimientos empezaron a ser concéntricos. El miedo estaba llegando y se percibía la sensación de alerta, pudimos ver como ese sentimiento llegaba desde fuera hasta sus entrañas y así tener el miedo en nuestras pieles.

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Anabel García durante los ensayos/Rafael Ruiz

Después del miedo no llegó la tranquilidad, sino la violación. Raquel Linares buscó información de casos reales para poder expresar este estado. Sus movimientos siguen siendo concéntricos, da la sensación de que la protagonista trata de defenderse de algo o de alguien que no está en escena. La bailarina en este caso añade al vestuario un collar con cuerno elemento que recalcase el estado que debía evocarse.

“Cuando ya no pude caer más bajo intenté comerme a mí misma”, dice Anabel García, la cantante

Y finalmente entró la autodestrucción. El corsé volvió al cuerpo de la bailarina, pero añadió cadenas. Sus movimientos se convirtieron en sacudidas a su propio cuerpo, de tal forma que uno mismo se asusta por el estado físico de la protagonista. Seguidamente, la protagonista se embadurnó de aceite como símbolo de limpieza, parece que vuelve a ser inocente. “Cuando ya no pude caer más bajo intenté comerme a mí misma”, dice la cantante mientras ésta purifica su alma. Unas mosquiteras entran en el juego, La bailarina fue de una en una para abrirlas y dejar caer sobre su cuerpo harina, harina que evoca toda la “mierda” que debe asumir para entender que todo lo que su persona es, lo es gracias a lo bueno y lo malo y debe vivir con ello.

La ansiedad entró en nosotros, los espectadores, al empezar a cuestionarnos todo lo que la pieza nos transmitió. Como dice Lara Sola, una espectadora, lo interesante de la pieza reside en la oscuridad de esta. El director consigue que uno salga de la sala pensando en las directrices que marcan la sociedad y las redes socieales actualmente. Snapwalk me parece el espejo en el que deberíamos reflejarnos, para darnos cuenta de que lo malo es todavía más necesario que lo bueno.

 

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