“Es necesario disminuir los decibelios para que el niño haga una escucha activa”

ANTONIO HERAS, psicopedagogo en los Centros Públicos San Gabriel y Óscar Esplá.

Antonio Heras, tomando café en Pan de Sánchez/ Alba M. García

Antonio Heras, tomando café en Pan de Sánchez/ Alba M. García

Es prácticamente imposible que en las aulas de los centros educativos impere el silencio de forma constante. La presencia de los alumnos siempre genera ruido. El problema viene cuando se superan los límites de este contaminante ambiental y el ruido pasa a ser un factor crucial en el proceso educativo de los más pequeños. Antonio Heras, especialista en psicopedagogía, explica que este fenómeno empieza a ser combatido en la escuela y acarrea consecuencias en el desarrollo cognitivo y en el bienestar de los niños.

Cabe distinguir dos tipos de ruido; el que proviene del exterior, añadido al producido por el volumen excesivo de los niños, que provoca que el ruido ambiental aumente los decibelios. Ambos influyen en la concentración y atención de los niños, con lo cual perjudica directamente al rendimiento, pues tanto la atención como la concentración son activadores directos del aprendizaje. De este modo, si una variable se altera también altera a la otra, produciéndose el efecto acción- reacción, explica Antonio Heras.

Para reducir el exceso de ruido producido por los niños, el especialista recomienda que los padres se conciencien sobre este fenómeno y apliquen en casa dinámicas silenciosas para intentar que los pequeños hagan una escucha más activa. Así el niño aprenderá a no elevar el volumen en las diferentes situaciones a las que se exponen en los colegios.

El pedagogo hace hincapié en la educación de los padres en los niños. “Si las dinámicas que se tratan en casa son de un volumen superior al aconsejado, los pequeños las llevarán directamente a las aulas”, recalca Heras. Por ejemplo, si la tonalidad del ambiente debe estar entre 30 y 35 decibelios y el niño está acostumbrado a una frecuencia superior, seguramente actúen como a ellos les han enseñado, explica Antonio.

Asimismo, asegura que los padres no son conscientes de hasta qué punto el ruido es perjudicial para la salud de sus hijos ya que su método educativo es justo el contrario al que los especialistas recomiendan. “Es un error muy común que los progenitores utilicen el grito”, subraya el experto.

Para combatir el ruido existe una pedagogía del silencio que cada vez está mas extendida. Éste es el gran ausente y no se contempla como instrumento de comunicación, ni como experiencia del ser humano. “La práctica cotidiana del silencio posibilita una visión transparente y nítida de la realidad natural”, ha asegurado.

Además, sostiene que “los niños no están preparados para convivir en silencio” ya que ni en las escuelas ni en los centros educativos se promueve la riqueza inherente del silencio. La atención se focaliza en el verbo y en su articulación oral y escrita, pero no dan importancia al valor comunicativo y expresivo del silencio. “Para los niños el silencio es algo nuevo, extraño y problemático”, cuenta el especialista.

Actualmente, en los centros en los que el ruido ha sido un problema a la hora de impartir clases, se han implantado una serie de instrumentos de medida que sirven para mostrar a los niños que están elevando el sonido. Heras explica que exista una especie de semáforo mediante el cual los pequeños visualizan en qué momento se está superando el nivel de ruido aconsejado en una clase. Con esta medida, los niños asocian el color rojo al exceso de ruido, y aprenden a que en el momento en que se pone de ese color, deben de bajar el volumen. De esta manera el profesorado también ahorra elevar el tono de voz, evitando perjudicar su voz y provocar ruido estridente.

Por otra parte, el experto explica que realizan una serie de tertulias. Es inviable hablar todos a la vez y para mostrarlo a los niños practican ‘la cotorra’. Esta dinámica de grupo consiste en ponerles a hablar a todos a la vez y que entre ellos intenten conversar y preguntarse. De esta manera se dan cuenta de que no han podido mantener una conversación y de que el ruido provoca mal entendimiento, lo que no les va a ayudar al desarrollo de su aprendizaje. “Para aprender, lo primero es escuchar”, añade el experto.

Además del ruido, existen dos variables que influyen directamente en el rendimiento escolar del niño; el ambiente lumínico y las condiciones térmicas, concluye Antonio Heras.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *