La fabrica de los sueños deportivos

 

Cada fin de semana cientos de padres acuden a la Ciudad Deportiva para ver a sus hijos jugar al fútbol en los numerosos campos que ostenta la zona deportiva

Cada fin de semana cientos de padres acuden a la Ciudad Deportiva para ver a sus hijos jugar al fútbol en los numerosos campos que ostenta la zona deportiva

Cada fin de semana las puertas de la Ciudad Deportiva abren a las 8:00 de la mañana para dar comienzo a la fiesta del deporte tanto para adultos como para los jóvenes deportistas. La multitud de coches aparcados en los alrededores, el sonido de los silbatos, los gritos de entrenadores y padres, el olor a salchicha y tortilla procedente de la cantina, son cada sábado y domingo la esencia que inunda cada uno de los rincones del recinto, desde el las pistas de frontón, pasando por el campo de rugby, hasta la el pabellón y los campos de fútbol.

El día comienza con un sol radiante, idóneo para dar el pistoletazo de salida a la frenética jornada deportiva. A primera hora los campos están ocupados por adultos, que corren detrás de la pelota, queriendo emular a sus ídolos futbolísticos de la década de los 80 como Santillana, Butragueño o Maradona. El pitido final, de los llamados “cuarentones” da lugar a los chillidos y las carreras de los pequeños uniformados con las equipaciones de su club, deseosos de dar un par de patadas a un balón. Los coprotagonistas de esta particular película, son sin duda los padres y madres que deciden pasar la mañana sentados en una fría grada viendo como sus hijos se divierten o bien dándoles lecciones tácticas, como si de entrenadores se tratasen. Me acerqué a un hombre de mediana edad con gafas de sol, viendo como su pequeño correteaba la banda. Juan Carlos es el tipo de padre que disfruta viendo a su hijo jugar. Totalmente diferente a aquellos que insultan al árbitro, se meten con los entrenadores o “vuelven loco a sus hijos”.

Alguna vez que otra se te escapa algún comentario como “Jorge la espalda”, pero en general no suelo decir nada” dijó el padre de Jorge

Como un cronómetro comienzan casi todos los partidos, la puntualidad británica debe de ser uno de los doce mandamientos de los árbitros. En cada campo juegan diferentes equipos y cientos de niños, pero un patrón se repite en cada terreno de juego; el portero que no llega a tocar el larguero, los defensas que por norma general son los más altos y grandes, y esos “miniCR7” con sus botas llamativas y sus crestas, deseosos de marcar un gol y celebrarlo con sus compañeros o bien dedicárselo al familiar que lo esté viendo desde la banda. Estuve observando el partido entre el Kelme Benjamín y un club fundado no hace muchos años llamado, Céltic de Elche. De pronto el joven colegiado, decretó penalti a favor de chicos de la famosa marca ilicitana. En ese momento se palpaba la tensión, la acción que más nervios despierta en el fútbol. De pronto me fijé en el rostro de los dos protagonistas, el delantero y el portero. Por sus mentes no se lo que pasaría, quizá sí, el atajar el balón como esa tanda de penaltis en la que Iker Casillas rompió el maleficio de Cuartos de Final de la Eurocopa de 2008 o marcar el gol que supondría el éxtasis para el pequeño delantero. Finalmente el balón besó el fondo de las mallas y la alegría se contagió entre los jugadores del Kelme.

Los pequeños jugadores del Club Deportivo Intangco ansiosos por comenzar ya el calentamiento previo al partido que disputarían minutos después

Los pequeños jugadores del Club Deportivo Intangco ansiosos por comenzar ya el calentamiento previo al partido que disputarían minutos después

El gol desató la alegría de unos y a la vez la tristeza de otros, que cogieron el balón rápidamente para intentar la remontada

En el momento que se puso otra vez el cronómetro en marcha, decidí ir a la cantina a por algo que calmase mi hambre. No fue fácil llegar a la barra, tuve que esperar a que siete personas pidieran antes que yo. Después de tres bocatas, cinco cervezas y un par de bolsas de patatas fritas, pude pedir mi ansiado bocata de tres euros, repleto hasta los topes de tortilla de patatas, salchichas y su correspondiente pegote de magra con tomate. Me senté en una de las gradas del campo cinco para comerme tranquilamente aquel bocadillo con mi refresco de naranja. La temperatura era ideal, ni calor ni frío, con una sudadera bastaba para estar a gusto. Mientras saboreaba mi caviar particular, me fijé que solo había visto fútbol, fútbol y más fútbol. Entonces me pregunté dónde estaban los demás deportes minoritarios, y en busca de ellos que fui. Primero visité las instalaciones del pabellón Esperanza Lag, subí unas cortas escaleras y llegué a la pista azul donde estaban jugando dos equipos de amigos que disputaban la octava jornada de la Liga Local de Elche de fútbol sala. Justo al lado de la “cancha”, como dirían en Sudamérica, la gran piscina olímpica, en la que en cada uno de sus diez carriles, cada nadador utilizaba una una modalidad de natación.

Decidí que ya era hora de marcharme a casa, pero antes me picó la curiosidad de saber la cifra aproximada de partidos se jugaban cada fin de semana, me acerqué a la recepción del pabellón y le pregunté al funcionario que atendía en la entrada. El buen hombre, llamado José, me confirmó que “se juegan de 25 a 30 partidos” y además añadió que por allí pasaban al rededor de casi un millar de personas entre sábados y domingos, cifras que confirman mi teoría de que la Ciudad Deportiva es el lugar más transitado de la ciudad durante los sábados y los domingos.

 

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