Las instituciones ignoran las desesperada situación de los afectados por las hipotecas en Elda

Lo que hoy les traslado en esta crónica es el testimonio fiel de una situación prolongada en el tiempo con unos protagonistas sumidos en la desesperación. Es la constatación de que no solo el sistema social del que hace gala nuestra constitución está en plena extinción sino también los mecanismos que permitían luchar a una parte de la sociedad por la justicia social. Es, ni más ni menos, que la historia de la “sordera social”.

¿Recuerdan el bullicio en en los medios de comunicación cuando se descubrió la estafa de los bancos a muchos de sus clientes? ¿Qué ha ocurrido con los afectados por las hipotecas en todo este tiempo? ¿Se ha arreglado todo y por ello ya no escuchamos nada en las noticias? Estas eran las preguntas que mantenía en mi cabeza mientras conducía hacia la manifestación que la PAH Elda-Petrer iba a realizar enfrente del Ayuntamiento de Elda para exigir soluciones.

Aparqué el coche y emprendí con paso ligero el camino hacia la plaza mayor donde se encontraba el ayuntamiento. Aquel día iba a acompañar a Stop Desahucios Elda-Petrer en una manifestación en contra del consistorio. Al parecer, y pese el silencio de los medios de comunicación, en una localidad tan cercana como Elda seguían manteniendo el gran problema de los desahucios.


“Vemos que se está beneficiando a los que crean el problema y no a la víctimas. No se están poniendo medidas. O eres parte de la solución o eres parte del problema”


Cuando llegué, para mi sorpresa, sólo había una quincena de personas aproximadamente. Unos hablaban entre ellos con las manos en los bolsillos para hacer frente al frío. Otros desarrollaban una pancarta donde aparecía una consigna común: “¡Basta ya! ¡Vivienda digna!. Saqué un cigarro, lo prendí y me acerqué al grupo. “¿Abel Herrero?”, pregunté exhalando una bocanada de humo; “si, soy yo” respondió una voz entre el grupo.

Herrero era el representante de Stop Desahucios Elda- Petrer; había hablado con él a través del telefóno pero no lo conocía personalmente. De entre los asistentes a la manifestación  apareció un chico de unos treinta años, con el pelo revuelto y ataviado con una sudadera negra. Se dirigió hacia mi y me tendió la mano.

Enseguida comenzamos a hablar del panorama de los desahucios en su ciudad. Mi interlocutor aseguraba que aún seguían existiendo numerosos casos de desahucios o situaciones de indefensión que muchos vecinos sufrían ante la presión ejercida por los bancos. Por lo  visto, aunque el equipo de gobierno municipal había cambiado, la situación de los afectados por las hipotecas no: “Vemos que se está beneficiando a los que crean el problema y no a la víctimas. No se están poniendo medidas. O eres parte de la solución o eres parte del problema”, afirmaba de forma tajante en referencia al consistorio mientras ayudaba a desenrollar otra pancarta que portaban los manifestantes.

Acto seguido, después de terminar la charla conmigo, el representante de la plataforma se dispuso a organizar la comitiva. Uno al lado del otro se fueron colocando casi como un batallón que mantiene su formación para plantar cara al enemigo. Enfrente de ellos se erguía la figura del ayuntamiento: el símbolo de su desdicha impregnado de la indiferencia que sufrían los ciudadanos que se habían congregado en aquella fría mañana de invierno.

Desde mi modesta opinión, realmente esperaba gritos y consignas reivindicativas; sin embargo, lo que encontré fue todo lo contrario: silencio por parte de los integrantes y, de nuevo, indiferencia pero en esta ocasión por parte parte de los transeúntes, los cuales apenas dirigían una tímida mirada. En ese momento me invadió una tristeza enorme. Los vecinos que pasaban por ahí estaban “inmunizados” a la PAH Elda-Petrer. Seguramente llevaban mucho tiempo manifestándose en aquel lugar sin conseguir mejorar la situación de los afectados. “¿LLeváis mucho tiempo haciendo manifestaciones aquí?” -pregunté sutilmente a Abel para constatar mi suposición anterior- “Más o menos cuatro años, cuando se fundó la plataforma antidesahucios” -respondió con cierto cansancio- “a veces es muy frustrante”


Mientras los bancos siguen igual o mejor; nos meten en esta crisis y ,para más inri,se montan una inmobiliaria con las casas que nos quitan”


De repente, una voz de un interlocutor inesperado se coló en la conversación que estaba manteniendo con el representante de la plataforma: “¡No es frustrante, es una poca vergüenza!”. El autor de aquel inesperado comentario era un hombre calvo y ataviado con la camiseta característica de la PAH; se llamaba Antonio Jover, activista y afectado por las hipotecas. Jover nos contaba que vivía con su madre ya que había tenido que entregar su casa. Con la impotencia grabada en su arrugado rostro relataba cómo Bankia le había arrebatado la casa y además afirmaba que  “para colmo” de todo estaba denunciado  por la entidad por impago de cuotas que sí que estaban pagadas.

Este afectado por las hipotecas prosiguió su explicación con una mezcolanza de tristeza y enfado en sus palabras: “nos sentimos cansados y no sabemos qué hacer. Parece que hubo un boom mediático; aprovechando el tirón en televisión mucha gente pudo beneficiarse pero ahora estamos cayendo en el olvido. ¿Qué pasa con los que aún no hemos solucionado nuestra situación? Tengo 55 años, estoy en paro porque soy demasiado mayor para trabajar en muchos oficios y vivo con mi madre. Mientras los bancos siguen igual o mejor; nos meten en esta crisis y ,para más inri,se montan una inmobiliaria con las casas que nos quitan”stop-desahucios

La mañana siguió su curso sin mucho revuelo. La vida burocrática del ayuntamiento continuaba con un flujo fluido de personas que entraban y salía del edificio.  El pequeño colectivo de la PAH Elda-Petrer siguió erguido y en pie frente al ayuntamiento; la gente continuó con sus “quehaceres” cuasi ajena a la actividad de la plataforma.

Querido lector, si tuviese que describir aquella mañana  en pocas palabras lo haría de la siguiente forma: fue una mañana dominada por un cuádruple silencio; un primer silencio que se sustentaba en el cansacio de los manifestantes; un segundo silencio que transpiraba un ayuntamiento que no ayuda a sus ciudadanos; un tercer silencio que reflejaba la indiferencia de los vecinos que pasaba por el lado de los activistas; por último, un cuarto silencio mucho más profundo que envolvía todos los demás: el silencio de los medios de comunicación.

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