“Mano amiga” para menores problemáticos

La conducta delictiva en menores crece en los últimos años debido a problemas como la crisis o el estilo educativo actual de los padres

“No sé qué hacer con mi hijo, mételo donde sea”, con esas duras palabras entran muchos de los padres de menores con trastornos de conducta a las salas de los Servicios Sociales. Desesperación, angustia, agotamiento y, sin ser conscientes, confusión de roles dentro de la familia.

El 96% de los pediatras detecta un crecimiento de las demandas por problemas de conducta en menores en los últimos años. Según el informe "Adolescentes con trastornos de comportamiento, ¿Cómo podemos detectarlos? ¿Qué se debe hacer?" del Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona.

El 96% de los pediatras detecta un aumento de los menores con problemas de conducta en los últimos años, según el informe “Adolescentes con trastornos de comportamiento, ¿Cómo podemos detectarlos? ¿Qué se debe hacer?” del Hospital Sant Joan de Déu (Barcelona). / Marina Sánchez

El número de menores que sufre trastornos del comportamiento ha crecido notablemente en los últimos años dentro de nuestra sociedad. Miembros de los servicios sociales, psicólogos y expertos en el tema indican que la situación es cada vez más grave. Así lo corroboran los resultados del estudio “Adolescentes con trastornos de comportamiento, ¿Cómo podemos detectarlos? ¿Qué se debe hacer?”, realizado por el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, con la colaboración de Laboratorios Ordesa, en el que han participado padres, profesores, pediatras y profesionales de la salud mental de toda España que tratan a dichos menores.

Como en tantos otros ámbitos, la crisis ha influido también en el auge de este problema; en la aparición y crecimiento de conductas inadecuadas de niños y adolescentes. Son muchas las familias que al no contar con la economía suficiente en sus hogares se han visto desprotegidas y frustradas. Los ingresos han disminuido en los últimos cinco años, y han ocasionado trabas en familias que desconocían lo que era la escasez de recursos económicos.

Con ello, el clima de angustia y nerviosismo aumenta; el agobio y desesperación de los padres se traduce en rebeldía en los niños. José Ignacio Peinado, jefe del Departamento de Familia y Menores de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Santa Pola, ejemplifica este asunto mostrando que en 2006 fueron atendidas en esta área de los Servicios Sociales 39 familias, mientras que en 2014 el número ascendió a 180, hasta los 240 casos que tratan a día de hoy únicamente en el municipio de Santa Pola.

“Ha habido una progresión que se ha desarrollado al mismo tiempo que la crisis, todos los problemas económicos influyen en la familia”, apunta José Ignacio Peinado. 

José Ignacio Peinado, jefe del Departamento de Familia y Menores de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Santa Pola, en su despacho / Marina Sánchez

José Ignacio Peinado, jefe del Departamento de Familia y Menores de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Santa Pola, en su despacho / Marina Sánchez

Nuevo estilo educativo: niños rebeldes

Son muchos los factores que influyen en el trastorno de conducta de los menores, no hay un “culpable” concreto; “es un cúmulo de circunstancias y factores”, así lo determina Juana Sánchez, asistente social. Sin embargo, hay un elemento interno en la familia del cual depende la conducta del menor: los padres. El estilo educativo de los mismos y los nuevos sistemas de familia son los responsables principales de estas situaciones, ya que dependiendo de la educación y los valores que inculquen a sus hijos, estos se comportarán de un modo u otro. La asistente social afirma que la nueva forma de entender los roles de “padre” y “madre” está creando unos modelos y una jerarquía mal entendidos. La nueva generación de padres pierde el control de la familia, los que mandan son los pequeños de la casa. El hecho de querer evitar que el niño se frustre o enfade por no conseguir lo que quiere hace que los padres cedan hasta llegar a un punto en el que la situación se va de las manos; es entonces cuando empieza el verdadero problema de actitud de sus hijos.

“Es bastante peligroso que la forma de educar sea esta, está generando una enorme cantidad de niños insatisfechos que no saben por donde tirar”, explica la asistente social.

 

Consecuencias: medidas educativas

El crecimiento de la gravedad de estas actitudes tiene consecuencias, para la familia y para la sociedad. Y por ello, los menores que delinquen, alcanzados los 14 años, tienen responsabilidad penal, lo que significa que pueden ser juzgados; no como adultos, pero sí como individuos conscientes de sus actos que deben atenerse a sus consecuencias. La asistente social indica que, en el punto en el que los comportamientos sobrepasan el límite es cuando entra en acción el juzgado, imponiendo a aquellos delincuentes entre 14 y 18 años medidas educativas; “en ningún caso las medidas aplicadas a menores son coercitivas ni punitivas”, añade.

Los problemas de conducta destacan en menores de entre 13 y 16 años, siendo a esta edad cuando nacen más brotes de mal comportamiento, actos delictivos o conductas desafiantes. Es a estas edades cuando más se hacen notar dichas actitudes que afectan a los entornos del adolescente.

Que actúe la “mano amiga”

Cuando la situación y el día a día de la familia es insostenible es cuando se recurre a la ayuda. Cabe mencionar que, ni mucho menos, todos aquellos que tienen este problema en casa piden ayuda por iniciativa propia. Según José Ignacio Peinado, muchos de los casos que se tratan en los Servicios Sociales derivan de partes policiales que informan de algún acto vandálico, consumo de sustancias o absentismo escolar. Estos avisos informan y alertan de que algo no va bien, y hay que intervenir en el menor y en su entorno familiar.

Contar con una “mano amiga” que saque del fondo a los menores con trastornos de conducta, o que lleguen a tiempo para evitarlo, es fundamental; los Servicios Sociales son el apoyo principal de esas familias. Son varias las partes que intervienen en esta cadena: Justicia, Sanidad, Educación y Servicios Sociales; y cada una de ellas tiene una función sin la que no sería posible llevar a cabo el sistema de la mejora de vida del menor. Un informe realizado el pasado año por la Fundación ANAR, asociación al servicio de niños y adolescentes con problemas, muestra que solo en esta asociación fueron recibidas 369.969 llamadas de menores y padres solicitando ayuda. Una prueba más que refleja que el número de casos de menores con trastornos de conducta es excesivo.

Solución y balance de resultados

Centrando el método de solución del conflicto en el implantado en el Ayuntamiento de Santa Pola por el Departamento de Familia y Menores de los Servicios Sociales, los casos quedan a cargo de un equipo de profesionales formado por un psicólogo, un educador y un asistente social. El proceso consiste en analizar la composición familiar, ver cuáles son las relaciones entre los miembros, la situación del menor y su historia de vida. El resultado de ello es un diagnóstico a partir del cual se establecen unos objetivos y se marca una periodicidad, por ejemplo “X caso vamos a resolverlo mediante entrevistas quincenales con el menor y reuniones mensuales en el instituto”, ilustra brevemente la asistente social Sánchez. Se trata de ir controlando los entornos del niño en los diferentes ámbitos; por ello es fundamental que todos los profesionales implicados en el proceso estén coordinados. Así bien, Peinado recalca que “la tarea de mejorar la conducta de un menor problemático requiere una visión y trabajo multidisciplinar”.

La pieza clave en la mejora del comportamiento del niño es la actitud de sus padres; si los padres no colaboran y deciden cambiar para que puedan cambiar sus hijos, no se puede solucionar nada. Luisa Pérez (nombre ficticio), madre de menor con trastornos de conducta, cuenta que “hasta que no te enfrentan a la realidad, no ves lo importante que eres para resolver el problema”.

Juana Sánchez indica que los casos con mejor pronóstico son aquellos en los que los padres son conscientes de dónde está el problema y deciden colaborar; “independientemente de cómo sea el niño, si los padres entienden cuál es el papel que tienen que empezar a ejercer, el problema tiene fácil solución”, puntualiza. Ana Cerezo, psicóloga social, defiende del mismo modo que resulta más sencillo trabajar con los padres y que sean ellos quienes introduzcan los cambios en sus hijos. Otro método empleado, para concienciar a los mismos de su importante papel en el asunto, consiste en realizar la terapia con el niño mientras los padres están presentes, “hablo con el niño e intento que mejore comportamientos teniendo a los padres delante, porque así indirectamente los padres van aprendiendo”, argumenta la psicóloga.

Una vez puesto en práctica el proceso de reconducción del menor, hay que hacer balance y ver la evolución y resultado obtenido. Determinar que un caso quede “cerrado” y resuelto no es tarea sencilla, ya que, como dice José Ignacio Peinado, “un caso puede estar cerrado aparentemente y reabrirse por cualquier circunstancia, como por ejemplo cuando el niño entra en la adolescencia”. A pesar de ello, se considera que un caso ha finalizado cuando la familia empieza a funcionar como tal, gracias al cambio de dinámica de padres e hijos; y cuando las causas que originaron la mala conducta, al igual que sus consecuencias, han terminado.

Futuro

La recuperación de los trastornos de conducta es un asunto complicado, difícil y costoso, pero una vez que el menor es consciente de los progresos y de su propio avance, se siente mejor. “El niño agradece mucho que tú le enseñes a resolver las cosas de otra manera para que sea más gratificante”, afirma la psicóloga Cerezo. Gracias a las diferentes terapias y métodos empleados por los profesionales, tanto de los Servicios Sociales como de centros educativos o de unidades de salud mental, estos menores toman conciencia del asunto y aprenden nuevas formas de comportamiento para alejar el sufrimiento con el que, hasta ahora, han estado acostumbrados a convivir.

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