“Mi lucha es mezclar dos culturas y convertirlas en una mía”

Naziha Hamadi Eljeir, antigua niña de acogida saharaui 

Naziha Hamadi abre las puertas de su hogar español

Naziha Hamadi abre las puertas de su hogar español

Ser niño y tener todo un desierto donde poder jugar se acerca más a una utopía que a una realidad, pero los jóvenes saharauis reflejan esta ficción. Así comenzó la infancia de Naziha Hamadi (Sahara 1983), niña de acogida que no se despega de las expresiones valencianas mientras fotografías con melfas, el traje típico saharaui, enmarcan su salón. Naziha fue niña de acogida temporal desde los 6 años, y pasados más de 20  ejerce de intérprete para niños en la misma situación. El programa “Vacaciones por la paz” acercó a esta joven hacia una cultura totalmente opuesta, y solo pide una cosa: sentirse dentro de una cultura.

El actual caso de la pareja obligada a devolver a la madre biológica al niño que tenían en acogida ha agitado la esfera de las familias que ejercen de refugio. El matrimonio valenciano acaparó los titulares por la complejidad del caso. Pero no fue una situación excepcional, cientos de niños son devueltos a sus familias natales cada año. Los padres de Hamadi también querían que regresase a su pueblo y no volviese a España. La acogida puede ser el camino perfecto para los menores durante un tiempo, pero, en la mayoría de los casos, no es permanente. A pesar de la singularidad de cada caso, todos deben cumplir una única condición, primar el futuro del menor.

Para la intérprete cada visita a su hogar natal significaba empeorar su estado de salud, ya que sufría de cataratas y su vuelta le provocaría incluso ceguera permanente. Su vida en España tenía el camino cada vez más dibujado, sobre todo por ella misma, quien confiesa su verdadero sueño infantil cuando vino a España: “Con 6 años mi idea era que al ser un poco más mayor me pondría un vestido negro, hablaría con el presidente Bush y le exigiría que Marruecos nos devolviera nuestro Sahara”, confiesa entre risas.

La valentía de ejercer de familia de acogida se enfrenta además a otro riesgo cuando el niño no se encuentra a gusto en su hogar. La joven revela haber llorado los 4 años que viajó a España, y cómo su familia no entendía que al llegar la noche ella no quería dormir en una habitación sola, echaba de menos dormir en el desierto con sus hermanos. “La alimentación, la higiene, la salud, todas esas carencias también las tenemos en el Sahara, pero de eso un niño no se da cuenta, le da igual, su carencia es solo su familia”, insiste.

Aun pasadas décadas desde el inicio de este tipo de programas en los países subdesarrollados, la mentalidad de la población no ha cambiado, comenta Hamadi. “La gente cree que le estás dando el caramelo y luego se lo quitas, pero no le estás dando el caramelo, le estás dando algo que necesitará en el futuro, y es saber que en otra parte del mundo existe el respeto entre diferentes sexos y el poder de decisión”, insiste. Por este motivo adora su trabajo, los niños y las familias encuentran en ella alguien que les entiende.

Dio sus primeros pasos en el campamento de refugiados del Sahara, donde vivía en una tienda de campaña con sus siete hermanos. El pueblo alcanzaba en verano los 60º, por lo que durante estos meses se llevaba a los más pequeños con familias de acogida a Italia y España, de manos de la Asociación de Ayuda al Pueblo Saharaui. “La primera vez que vine a España y vi el mar, no me lo podía creer, pensaba que en mi pueblo no teníamos casi agua porque la teníais toda aquí”, relata, confesando además su primera carencia: la cultura.

“Viví una cultura que me han inculcado desde muy pequeña, pero al venir aquí y mirando a los demás he visto que sí podían elegir, y he querido elegir yo también.” La cultura saharaui venera a la mujer como si de una diosa se tratase, por su labor en el cuidado de los hijos mientras los hombres iban al frente. Pero no aceptan, en cambio, su libertad de expresión o de vestimenta. Hamadi recuerda el choque cultural que le causaba en España ver a una mujer trabajar o a un hombre fregando los platos.

La saharaui sentía rechazo cuando cruzaba el charco con las historias que vivía en el continente europeo y sus amigas no creían lo que contaba. Ambas culturas eran opuestas. Si en España utiliza velo adulando su cultura natal, la persecución de miradas no cesa, y a la inversa si decide no llevarlo en su pueblo. Todavía se plantea qué hubiera pasado si no hubiese venido nunca a España, “seguramente tendría menos conocimientos, preparación… yo me siento rica en cultura”, afirma llena de orgullo al ver lo que ha conseguido. Pero a su lucha le queda todavía tiempo para saldar, ya que los arraigados prejuicios de ambos países han colocado la mente de esta joven  en un solo lugar: el futuro. “Mi lucha es mezclar dos culturas y convertirlas en una mía. No hay que rendirse nunca, uno crea su propia cultura, a mí la vida me ha dado dos”, insiste.

Naziha Hamadi ha vivido con cuatro familias, aun así, no se desprenderá nunca de sus raíces. “Mi familia del Sahara me dijo que tenía que guardar la honra de mi familia, que si yo hacía algo mal, etiquetarían a todos los saharauis de la misma forma. Me quedé con esa frase y la sigo hasta hoy día”, relata mientras siente el peso de todas sus culturas a sus hombros.

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