Mujer, toma la noche

El 25 de noviembre se llevó a cabo en Elche una marcha nocturna contra la violencia de género, con la idea de que las mujeres se hicieran oír y mostraran no tener miedo de todos esos peligros que acechan escondidos en las esquinas de toda ciudad.

Todavía no son las nueve y las calles ya están oscuras, las farolas encendidas y el centro de la ciudad empieza a vaciarse. Es un día entre semana, miércoles, por lo que la gente estará cansada después del trabajo y no tendrá muchas ganas de asistir a la marcha contra la violencia de género que ha convocado un colectivo feminista local.

Y, efectivamente, hay poca gente en el Centro de Congresos. Cerca de una treintena de personas sentadas en los bancos, con pancartas y carteles descansando a un lado. La mayoría charla en voz baja; los recién llegados se saludan efusivamente con abrazos y besos y corren a presentarse los unos a los otros. Pero hay poca gente.

El día 7 del mismo mes se convocó una manifestación multitudinaria a la cual acudieron decenas (probablemente cientos) de colectivos feministas desde todos los recovecos del país. En Elche sólo hay una asociación que sea partícipe en ese tipo de actos, “Elx Pel Dret a Decidir”: una asociación pequeña pero implicada, la organizadora de la marcha. Lorena Escandell, una de las portavoces, me cuenta que organizan la marcha para “visibilizar problemas como el acoso callejero, que es más difícil de erradicar por estar tan normalizado en nuestro día a día”.

Ya son las nueve y ha venido bastante más gente. No es una locura, pero se ha triplicado la cifra que había al llegar. Para mi sorpresa, veo bastantes más hombres que mujeres, y no puedo evitar sorprenderme por el hecho de que una marcha que promueve que las mujeres tomen las calles esté protagonizada por el género masculino.

“El acoso callejero es más difícil de erradicar por estar tan normalizado en nuestro día a día”, explica una de las portavoces de la asociación, Lorena Escandell

Tras unos minutos empieza a reunirse gente alrededor de un micrófono y el altavoz gigante que llevan en una carretilla. Tres mujeres de distintas edades leen un comunicado escrito por la asociación organizadora. Una compañera explica que han buscado voluntarias de diferentes años para no monopolizar el discurso. El texto habla de la violencia machista, de los derechos de las mujeres, de tomar las calles y dejar de tener miedo, además de nombrar los polémicos consejos del Ministerio del Interior para evitar que las mujeres sean violadas.

Blanca Cerrillo, la joven que ha leído la primera parte del discurso, me dice que acude a la manifestación porque cree que es importante hacer ruido y “molestar”. “Tenemos que hacernos ver, que la gente se pregunte por qué nos movilizamos, por qué hemos salido a la calle, de qué nos quejamos. Que pregunten, se informen y vean que el 25 de noviembre es el día contra la violencia machista”, comenta Cerrillo.

Tras el discurso de diez minutos algunas compañeras invitan a los presentes a coger varias pancartas y carteles que habían preparado previamente. Los “eslóganes” son simples, pero contundentes: “No quiero tu piropo, quiero tu respeto”o “Ninguna agresión sin respuesta”. Hay dos pancartas: una más grande, con una mujer dibujada, que reza “Ens volem vives i lliures” y otra con un simple “Machismo mata”. También reparten varios silbatos que empiezan a sonar tibiamente antes de salir.

“Tenemos que hacernos ver, que la gente se pregunte por qué nos movilizamos, por qué hemos salido a la calle, de qué nos quejamos” dice Blanca Cerrillo, asistente a la manifestación

Nos encaminamos hacia el Huerto del Cura, con un poco de vergüenza inicial. Vamos por una calle bien iluminada y todavía hay algún que otro curioso que mira la mediana comitiva encabezada por la pancarta más grande y llamativa. Cuanto más nos alejamos del centro y las calles se vuelven más oscuras, los gritos se multiplican. Los pitidos de los silbatos resuenan en el cascarón vacío de la ciudad. Los lemas se amplifican por el altavoz y algún megáfono casual que se esconde tras las decenas de personas de la procesión. Nos colamos entre las palmeras del huerto: algunas asistentes se retrasan debido a la falta de luz. Dos chicas sacan unas cacerolas y las aporrean con furia, pese a que están sonriendo.

Tras el pequeño recorrido en la oscuridad evitando palmeras y tropezando con bordillos, volvemos al amparo del asfalto y el tenue resplandor de las farolas. Conforme avanzamos se reconocen algunas calles del barrio de Altabix. Unas manzanas atrás un hombre había empezado a usar un altavoz, recibiendo miradas irritadas de las asistentes. Ante este hecho recuerdo una cita del antropólogo Alexander Ceciliasson: “Yo me llamo feminista. Me emociono por asuntos feministas y por la lucha por la igualdad. Soy un hombre blanco, heterosexual y sin discapacidades. Los hombres como yo tenemos dos tareas fundamentales para cumplir en la lucha feminista: una, retroceder y callarnos; la otra, hablar con otros hombres”.

Estamos ya llegando al centro. Una de las organizadoras se adelanta para escribir con tiza lemas como “Mujer, te quiero libre” o símbolos feministas que recibirán a la ciudad en el amanecer del día siguiente. Damos la vuelta por la Avenida de la Universidad y nos dirigimos al final de la concentración en la Oficina de Turismo.

Son las once de la noche y hay un micro abierto. El hombre del megáfono es el primero en salir, y algunas mujeres se remueven nerviosas en su sitio. “Mujeres, hablo por vosotras…”. Con la primera frase del discurso empiezan a aparecer sonrisas sardónicas, ojos en blanco y comentarios indignados en voz baja. Un discurso de aproximadamente diez minutos en los que un hombre dice a las mujeres cómo hacer la revolución. Se proclama libre de la educación patriarcal impuesta por la sociedad. “Supongo que por eso hace un discurso paternalista, porque está libre de la educación patriarcal”, gruñe una chica joven.

Tras esto, una de las componentes de la asociación corrige el discurso de forma terapéutica. Tres o cuatro asistentes salen a quejarse y a reivindicar la libertad de decisión a la hora de llevar la lucha. Más mujeres cuentan sus experiencias y hablan de la libertad, el miedo, de cómo se debe salir por la noche todos los días igual que hoy. Pasan veinte minutos entre alegatos y aplausos y, con un discurso final de la organización, la marcha se da por acabada. Pese a algunos momentos amargos, el apoyo final y los discursos motivadores dejan un buen regusto de boca. Unas cuantas personas se quedan hablando mientras se disuelve el grupo más grande. Tras despedirme de algunas conocidas, me interno en las calles de Elche para tomar la noche en solitario.

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Mircrófono abierto al final de la marcha nocturna. / Gloria Molero

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