Negociando con Zeus

La Cumbre del Clima de París emite el primer acuerdo ambiental vinculante a escala planetaria

Cientos de miles de personas salieron a las calles durante la Marcha Mundial por el Clima los pasados 28 y 29 de noviembre. Desde Yakutia a Nueva Zelanda, desde Alaska a la Patagonia. En la mano portaban corazones cortados en papel verde y en la intención la ilusión suficiente para proclamar el respeto a la vida y la naturaleza por encima de cualquier imperativo de orden político o económico. Exigían unas medidas más ambiciosas y efectivas para la Cumbre del Clima de París que las resultantes de los acuerdos anteriores, como el ignorado Protocolo de Kioto.

Marcha por el Clima

Marcha por el Clima en Alicante, pancarta de Ecologistas en Acción / SERGIO ARIAS

“Agua, sol y aire es la solución”, entre otros voceos y las innumerables pancartas, se erguía como el principal mensaje del tumulto clamoroso con un propósito claro: conseguir que para 2050 toda la demanda energética de la humanidad esté satisfecha por las fuentes de energía renovable: sol, agua y aire. Sin embargo eslóganes como “Cambiemos el sistema, no el clima” iban un poco más allá. Resulta casi obvio que un sistema basado en el crecimiento ilimitado no tiene cabida en un medio finito como es la faz de la tierra.

Finalmente, tras la Marcha por el Clima y las diferentes campañas impulsadas por las organizaciones ecologistas, la Cumbre del Clima de París se cerró el pasado 12 de diciembre, con diferentes impresiones y opiniones encontradas. ¿Pero se puede saber por qué tanto interés por controlar el clima? No es extraño y aunque parezca novedoso, el hombre moderno no ha inventado nada. Desde el amanecer de la humanidad el clima ha sido uno de los cimientos que han conformado nuestras culturas y siempre hemos querido controlarlo. Hadad en el viejo Oriente, Ra para los egipcios, Zeus para los griegos, Júpiter para los romanos. Entonces el clima no sólo era  sujeto de derechos, sino que se situaba por encima de cualquier otra fuerza y había que rendirle culto. Y no debieron equivocarse mucho los antiguos de las primeras civilizaciones, pues tras centurias de maltratos indiscriminados al planeta, los actuales dioses Dólar, Euro, Yuan y sus secuaces de 190 países han comprendido que no pueden continuar haciendo de las suyas sin llegar a un entendimiento con la naturaleza. Han tenido que sentarse en París para seducir de nuevo a las caprichosas ecuaciones que  dictan la conducta atmosférica, ¿Por qué?
No llegaremos a saber realmente si Zeus era un extraterrestre, por aquello de lanzar tormentas y vivir en las nubes, pero aunque intentemos emularle con los cheimtrails, los fuegos artificiales y otras presuntas técnicas de modificación del clima, nosotros simplemente somos unos primates desnudos con una cabezota muy desarrollada, a lomos de esta nave sideral de la que dependemos y no nos podemos desprender, la Tierra. Esto supone que, aunque nuestra percepción de lo que significa la Tierra en nuestro día a día esté un poco difusa por la facilidad en la que accedemos a los alimentos, ya troceados y tratados en nuestros supermercados, todo, absolutamente todo proviene de la corteza desnuda de nuestra madre Tierra. He aquí la cuestión. Por un momento pensábamos que en la Cumbre del Clima de París se habían reunido para salvar a los osos polares del deshielo del Ártico. Por supuesto que no es así, aunque curiosamente el Ártico nos importa más de lo que todavía sabemos los bípedos implumes, como diría Platón, que no tenemos conocimientos científicos ni económicos. Los gobernantes sin embargo, lo saben perfectamente, aunque también saben que ellos estarán a salvo ante el advenimiento de cualquier circunstancia fortuita.
El Ártico es el motor de la corriente termohalina que transporta las aguas cálidas del  Caribe hacia el norte de Europa, donde se enfrían las aguas y de donde vuelven hacia el Caribe por la costa americana para calentarse, en un ciclo constante. Lo que causa que Barcelona y Washington estando a la misma latitud tengan climas tan dispares.
En la actualidad nos encontramos en un periodo glacial, pues nuestros polos están congelados, pero el termómetro no hace más que subir. La descomunal emisión de gases como el dióxido de carbono o el metano a la atmósfera está creando lo que se conoce como efecto invernadero, pues estos gases crean una especie de película en la atmósfera que impide la salida de los rayos solares que ya han impactado en la corteza terrestre. Las organizaciones ecologistas dicen, apoyadas por los informes del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), que no se deben superar los 2 grados de aumento de temperatura durante el siglo XXI y exigen las medidas pertinentes para reducir las emisiones y que esto no suceda. Si se superase un aumento de dos grados, según los estudios del IPCC, el Ártico podría llegar a derretirse, desapareciendo no sólo los  preciosos ositos polares, sino que también las corrientes termihalinas, desencadenando un proceso de calentamiento global aún mayor, que podría tener consecuencias catastróficas sobre el clima, afectando a todos los seres que habitamos en la tierra, incluida la humanidad.

La Cumbre de París finalmente ha emitido un acuerdo de carácter vinculante en el que todos los países se comprometen a colaborar para no superar los 1,5 grados de calentamiento global durante el siglo XXI. Pero las organizaciones ecologistas no parecen muy convencidas. En la Asamblea Confederal de Ecologistas en Acción realizado en Murcia durante los días 4, 5, 6 y 7 de diciembre, el cambio climático fue el protagonista indiscutible de los debates y ponencias. Aunque no desprecian la voluntad de los gobiernos la opinión es clara: “En teoría el acuerdo que se ha establecido es jurídicamente vinculante, sin embargo no ha establecido los mecanismos de sanción necesarios y las medidas adoptadas son insuficientes para evitar un calentamiento inferior a 1,5 grados”, manifiesta Carlos Arribas, coordinador nacional del Área de Residuos de Ecologistas en Acción (Entrevista a Carlos Arribas).

Curiosamente, el acuerdo firmado tampoco anula otros tantos acuerdos internacionales de tipo comercial o económico como es el TTIP, el CETA o el TISA, que supondrían un obstáculo enorme para cumplir los requisitos de la Cumbre del Clima. “El TTIP supondría un elevado aumento de los intercambios comerciales entre Estados Unidos y Europa, lo que aumentaría las emisiones por el transporte e impediría el desarrollo del consumo local, el más sostenible”, afirma Ramón Plaza Yelo, miembro de la Plataforma STOP TTIP y de Ecologistas en Acción Alicante. Además añade: “Este tratado permitiría la entrada en Europa de técnicas como el fracking, que son una marcha atrás en términos de derechos ambientales y sostenibilidad” (Entrevista a Ramón Playa Yelo).

Casi un mes de intensa lucha por un mundo más próspero y limpio que ha concluido en el primer acuerdo vinculante en materia ambiental a nivel planetario. Gran noticia, dicen los medios de comunicación ofreciendo las fotografías de unos señores trajeados que manejan el cotarro y que no conocemos. Una impresión que no comparten las organizaciones ecologistas. Organizaciones que llevan en pie desde los años setenta con una pancarta en la mano, soportando estoicamente el envite de la sociología consumista que está pudriendo nuestro planeta.

Un futuro incierto, el de El clima futuro, mientras se siguen desoyendo a los sabios que hace décadas pronosticaron el clima de hoy. De momento seguiremos viendo, grado tras grado, como los políticos se sientan cada vez más a negociar con Zeus.

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