“No tenía vida, tenía una dieta”

María Dolores Fuentes, víctima de la ortorexia

 

Los casos de pacientes jóvenes con trastornos en la conducta alimentaria han incrementado de forma rápida en los últimos 30 años, por lo que dicha enfermedad ha sido considerada como la más frecuente en los adolescentes.

La anorexia nerviosa y la bulimia son los más conocidos ya que presentan los índices más elevados de afectados, pero también encontramos entre muchos otros tipos la vigorexia, la megarexia, la hiperfagia o la ortorexia. Éste último es un trastorno alimenticio que se está haciendo cada vez más común en la sociedad.

 

Porcentajes de casos de pacientes con algún tipo de TCA/ Imagen cedida

Porcentajes de casos de pacientes con algún tipo de TCA/ Imagen cedida

La ortorexia consiste en la obsesión por consumir alimentos que el afectado considere saludables, eliminando principalmente de su dieta los que contengan grasas, las carnes rojas, los huevos, los lácteos, los conservantes y los azúcares.

Según el Instituto Médico de la Obesidad (IMEO) se estima que hoy en día el 28% de la población de los países occidentales padecen de ortorexia, siendo los más afectados los jóvenes y las mujeres.

 

María Dolores Fuentes, de 25 años de edad, vive este infierno desde hace más de tres años.

 

La búsqueda de una pérdida de peso y un cuerpo más fibroso fue lo que provocó que surgiera dicho trastorno. Afirma que comenzó siendo una dieta más, pero que se le fue de las manos: “Las primeras semanas me sentía mejor sin comer carnes ni grasas pero luego me obsesioné y empecé a fijarme en la procedencia de los alimentos y a desconfiar de su calidad” comenta la afectada, “dejé de tener vida para tener una dieta”.

 

Reconoce que el simple hecho de ir al supermercado a realizar la compra de la semana le resultaba una odisea: “No era capaz de comprar algo sin haberme leído con detenimiento la etiqueta del producto”, explica. Las calorías eran su primer enemigo pero más tarde también lo fueron los componentes químicos con los que habían sido tratados los alimentos, como los pesticidas y herbicidas.

 

La gran mayoría de su tiempo lo destinaba a pensar qué iba a ser lo siguiente que iba a comer. Esto afectó en gran medida a la relación con sus familiares y amigos, los cuales se daban cuenta de la situación por la que estaba pasando. María Dolores explica que era incapaz de asistir a comidas y cenas fuera de casa ya que se negaba a comer lo que tenían en la carta: “Nadie conseguía decirme con exactitud lo que necesitaba saber sobre los alimentos. Si asistía me pedía agua embotellada”.

 

Las condiciones físicas y psicológicas de la perjudicada se vieron dañadas debido a la supresión de alimentos que contenían vitaminas y proteínas fundamentales para el buen funcionamiento del organismo. Unos de los factores claves para detectar la malnutrición es la pérdida de peso notable, la debilidad de los músculos y la fatiga, además de mareos e irregularidad en la menstruación, síntomas que también presentaba: “Estaba muy delgada y pálida, – explica- tenía ojeras y se me caía el pelo”.

 

Ahora está comenzando a cambiar: “Estoy yendo a un nutricionista e intento incluir poco a poco en mi dieta alimentos que fui eliminando” explica. Sin embargo este proceso no es tan fácil. Las secuelas digestivas y hematológicas cómo la anemia y las gastroenteritis, además de las psicológicas como la paranoia, los trastornos de ansiedad y el insomnio que dejan este tipo de enfermedades pueden llegar a ser irreversibles.

 

Al preguntarle por su opinión acerca de su mejoría explica que todavía queda mucho por delante: “Me cuesta ingerir ciertos tipos de alimentos e intento no pensar en nada más cuando lo hago, pero es muy difícil. No sé cuando tengo hambre o cuando no la tengo.” Ante todo piensa seguir con el tratamiento farmacológico establecido y con sus terapias psiquiátricas ya que está dispuesta a poner todo de por sí para eliminar íntegramente la enfermedad de su cuerpo.

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