Noche oscura del alma

 

Ya era la hora. Las nueve de la noche. Sobre el altar, el lector estaba listo y preparado para empezar su labor, y nosotros, el coro, llevábamos unos minutos esperando a que toda la asamblea acabara de sentarse. El sacerdote nos miraba atentamente, y, sencillamente, empezamos a tocar…

Este año, los españoles hemos tenido la suerte de disfrutar de un día festivo cerca de la Navidad gracias a la unión de las celebraciones de la Inmaculada Concepción y de la Constitución. Sin embargo, para otros fue un día de trabajo, ensayos y dedicación: el día de la Vigilia para la Virgen.

Una Vigilia es una noche de oración, sin dormir y destinada a la reflexión espiritual. Por eso puede resultar raro, o como mínimo curioso, que el acto se organizara en una parroquia pequeña (la Santiago Apóstol de Ibi, que ni siquiera es la más antigua de la localidad), y estuviera orientado a gente joven. Sin embargo, junto a aquí el periodista se quedaron otros siete jóvenes toda la noche.

Quien quisiera, podía escribir una petición, coger una vela, y acercarse al altar para dejarlas ante Cristo.

Específicamente, mi función fue la de pianista del coro durante el acto que abría el periodo de Vigilia: una oración con intermedios musicales. Una hora en la que, desde el altar, A. Carrión, uno de los organizadores del acto, junto al párroco, pronunciaba invitaciones a la reflexión y la espiritualidad para una asamblea conformada por feligreses. Según explicaba Carrión antes del acto, llevaba una semana preparando el texto, revisándolo y reescribiéndolo constantemente. Aunque previamente, durante el 75 aniversario de la patrona de Ibi, ya se había realizado un acto similar, esta vez la preparación fue extrema y concienzuda.

Puesto que la Iglesia de Santiago es un edificio moderno, su ‘nave’ central es una estancia cuadrada, con alrededor de 100 bancos de madera orientados hacia el altar y las paredes blancas, con el único adorno de los dibujos que hacen los niños o las imágenes. Sin embargo, durante la Vigilia las paredes estaban oscurecidas por la noche, y los bancos, que por el día suelen estar al límite de su capacidad, tan sólo albergaban un grupo reducido de gente, atentos a las palabras pronunciadas por las personas del altar.

Parroquia Santiago Apóstol de Ibi, lugar de la acción │E. Melero

Parroquia Santiago Apóstol de Ibi│E. Melero

Y es que, pese a la presencia del coro, el      significado de la noche transcendía las palabras  y la música; el recogimiento se palpaba por  todas partes aquella noche. La Iglesia estaba  tenue, con la mínima luz necesaria, trámite  esencial, pues el paso siguiente a la oración era  la entrega de peticiones: quien quisiera, podía  escribir una petición en un papel, coger una  vela, y acercarse al altar, con la hostia expuesta, para dejarlos ante Cristo, todo con la compañía de alguno de los jóvenes. A continuación, el fiel recogería un pequeño papel cuya cita bíblica, como explica E. Muñoz, una de las jóvenes asistentes a la Vigilia, “siempre acierta” con lo que necesitas escuchar.

Durante todo esto, el coro y la Iglesia, tranquila testigo, ponían el telón de fondo.

Este acto de entrega de peticiones estaba basado en el movimiento Centinela organizado en la propia diócesis (división eclesiástica) de Orihuela-Alicante, en el que el propio periodista que escribe ha participado en alguna ocasión. Dicho movimiento consiste en la invitación de transeúntes a la Iglesia, durante una noche, donde se les motiva a orar y entregar peticiones, al igual que se hizo este martes pasado en Ibi.

Pero aquella noche todo cambiaba llegado el momento de entregar la petición, sin embargo. El alrededor desaparecía, se desdibujaba, y el sentimiento se volvía completamente indescriptible: una mezcla de respeto y melancolía, de estar ante algo grande, algo que escapaba del propio entendimiento. Las emociones estaban a flor de piel. Y, para cuando el coro dejó de tocar, alrededor de las dos de la mañana, todos se quedaron en completo silencio.

La noche fue una buena compañera a las bromas y burlas de aquellos jóvenes vigilantes que también habíamos participado en el coro, pero nunca olvidábamos el motivo de aquella reunión: todos habíamos ido a pensar en qué significaba la Fe para nosotros, en qué podíamos pedirle al Señor y en qué nos pedía Él. Hubo risas, sí, pero también lágrimas.

Todos habíamos ido a la Vigilia para pensar en qué pedirle al Señor y qué nos pedía Él.

El trabajo, sin embargo, no estaba finalizado: a las seis de la mañana ya entraba gente para participar en el rosario de las ocho, es decir, la procesión de la Inmaculada acompañada de feligreses rezando el rosario y el coro, de nuevo, rellenando con música los huecos entre cada rezo. Mientras tanto, la Iglesia volvía a su estado anterior de paredes blancas y luminosas, como si nada hubiese pasado.

Pese al frío y las horas de la mañana, toda la asamblea caminaba decidida y animada por las calles de Ibi, acompañando a la imagen, porteada sobre unas andas de madera y flanqueada por rosas rojas. Cerca del final del rosario, el coro se escapó de la procesión y, rodeando la Iglesia por detrás, se coló en su lugar habitual. Y es que, no podía detenerse ni un momento: una vez la Virgen había vuelto a su casa, se celebró una misa para felicitar a todas las madres (puesto que el 8 de diciembre es el Día de la Madre original para los cristianos), y, por supuesto, se invitó a continuación a todos los asistentes a un desayuno en los salones parroquiales: chocolate con churros.

No obstante, no acababa ahí el día para el valiente coro de Santiago Apóstol; siguiendo la idea del “Día de la Madre” cristiano, se celebró una misa a las once donde se congregaba a todos los niños pre-comuniantes para regalar una rosa a la Inmaculada, sita en el altar, imperturbable.

Y finalmente, a las 12 del mediodía, el irreductible coro de Santiago Apóstol y su pianista pudimos, por fin, enviar a descansar nuestros cuerpos y nuestras emociones.

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