Postales al Holocausto

Cerca de cumplirse el 71 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, analizamos en que se ha convertido

Auschwitz. Cementerio de más de un millón de personas procedentes de toda Europa, en su mayor parte judíos. Bandera del Holocausto, cita requerida en cualquier conversación que gire alrededor de la II Guerra Mundial. Canto a la insensibilidad más profunda, a lo más oculto de nuestras sensaciones más prohibidas. Ejemplo a no seguir, se mantiene expuesto a la gente, en teoría, como advertencia de lo que no debe volver a ocurrir jamás.

Miércoles 2 de Diciembre. Preparo las maletas destino a Cracovia. Allí me están esperando Dominica y su novio, ilusionados por mostrarme las bellezas de la ciudad. Me alojo en casa de Franco, un argentino que emigró por motivos de trabajo y está encantado con el recibimiento de la gente local. Les cuento mis intenciones de conocer Auschwitz y ambos están de acuerdo en que es un lugar muy importante en la historia de Polonia que hay que visitar. Aunque no tenía tiempo para todo, también me recomendaron Zakopane y Wroclaw (Breslavia). En el frigorífico, una postal de gafas negras y redondas apiladas unas sobre otras me llama la atención:

  • ¿Hacen postales de Auschwitz?
  • Si, las puedes comprar allí mismo cuando vayas.

Me dispongo a reservar mi viaje al campo de exterminio con ayuda de Franco. Existe una página oficial (http://auschwitz.org/) que dispone de toda la información requerida para visitarlo, además de otros muchos detalles de interés. Desde allí se pueden concretar guías personalizados o para grupos, y conocer los autobuses que salen desde Cracovia. Los horarios varían según la época del año. Ahora, en Diciembre, de 8,00 a 14,00. Sin guía, la entrada es completamente gratuita, aunque recomiendan ir acompañado para no volverse loco. Auschwitz es un complejo de tres campos que en total suman más de 200 hectáreas de extensión y con una separación de hasta 3 kilómetros entre ellos.

auschwitz

Crematorio en Auschwitz-Birkenau, Auschwitz II, reflejado en esta postal

Reservo un guía personalizado en Inglés, en esta época del año no lo hay en Español, por 55 Zlotys (12 euros) para el domingo. Mientras tanto, decido ir a conocer Zakopane, una pequeña ciudad al sur de Polonia, famosa por sus casas rústicas y extravagantes, pero sobre todo, por ser un paraíso rodeado de montañas aptas para los amantes del esquí y de la naturaleza más salvaje.

Tratando de alcanzar una cumbre, entablo conversación con un paisano del lugar. Encantado con mi procedencia, me pregunta que he venido a hacer a Polonia, que he visitado, que es lo que más me estaba gustando, que es lo que todavía tenía previsto conocer:

  • Por el tiempo que me queda, Auschwitz…

El cambio en la expresión de su rostro me lo dijo todo, ¿para qué quieres conocer Auschwitz? Me sentí un poco avergonzado de pronunciar esa palabra. Tratando de hacer un símil, entendí que es como si él me hubiera dicho que le encantaría ir a España a conocer las fosas republicanas. Entonces me acordé:

  • …o tal vez, Wroclaw.
  • ¡Oh, Wroclaw! Es una ciudad muy bonita, te va a encantar. En otra ocasión también te recomiendo conocer Varsovia o Gdansk.

Entre la pureza de sus paisajes, Zakopane te transmite la extraña sensación de estar caminando hacia el cielo. Y esa inmensidad sobrecogedora ofrece tiempo, soledad y mucho espacio para pensar. ¿Por qué conocer Auschwitz? ¿Es necesario? ¿Qué imagen quiero llevarme de Polonia?

En el autobús de regreso a Cracovia una pareja de turistas polacos me contaron consternados como muchas familias se sacaban allí, fotos con sus hijos sonriendo al lado de calaveras. Y para mí eso ya fue suficiente. Con todo reservado y pagado, decidí cambiar mis planes e ir a Wroclaw. Y me encariñé de sus casas coloridas y escalonadas, de su mercado tradicional con olor a codillo asado y salchichas, de sus majestuosas iglesias y de su paseo por el río Oder. Y de la recepcionista de mi hostal de 50 Zlotys, bruta por fuera y dulce por dentro como Platero. Aunque más lista…

Y evité ir a Auschwitz. Evité la vergüenza de atender a explicaciones sobre cosas mil veces escuchadas, de que me enseñen el lugar donde murieron más de un millón de personas como quien te guía por un museo de Van Gogh; de contemplar sonrisas de gente que se cree que está en el escenario de una película de Steven Spielberg; de visitar museos de pijamas rotos, montañas de pelo, zapatos y gafas apiladas; de observar a turistas eligiendo la postal más adecuada para decir “yo estuve en Auschwitz”.

Tuve suerte, de vuelta definitiva a Cracovia encontré una cajita de música que llevaba buscando toda una vida. Merece la pena conocer esta ciudad; su plaza mayor, el barrio judío o su castillo de más de 600 años de antigüedad. También Zakopane, paraíso natural donde los haya, fuente inagotable de paz y tranquilidad; y Wroclaw, una ciudad que emana belleza a raudales. No fui pero no recomiendo ir a Auschwitz, no es necesario. Como le dice una madre a su hijo cuando llora: ya pasó.