Primer día de sufrimiento masivo

España, el país rey del deporte actualmente. Toda la población española conoce o ha pisado con sus ruedas alguna vez la carretera N-340, una de las carreteras más largas y contundentes de todo el país. La vía que cruza toda la vertiente mediterránea consta de nada más y nada menos que de 1.248 kilómetros de longitud. Entre Barcelona, donde empieza, y Cádiz, donde acaba, se encuentra la población más bien conocida por sus alfombras, Crevillente. Esta localidad se centra en el kilómetro 709 de la N-340, pues justamente en ese kilómetro, si vas dirección Cádiz, a mano izquierda queda un gimnasio donde, literalmente, se rompen piernas, brazos y hasta dientes. Fitness Center es el nombre de este gimnasio, en él se imparten clases de CrIMG_5277ossfit, donde un numeroso grupo de compañeros practican este novedoso entrenamiento.

Cómo dice el entrenador del centro deportivo de la localidad de Crevillente David Amorós, “el Crossfit es un entrenamiento muy complejo, ya que se necesitan conocimientos básicos para poder realizarlo a la perfección”. Pues, muy valiente yo, no se me ocurre otra cosa que un día preguntarle a un amigo que cómo le va a él en el gimnasio, que qué tal las clases de Crossfit. Pues bueno, este amigo mío, no estoy tan seguro de ello, me vendió de tal manera la moto que me apunté, así a lo loco, muy echado para delante yo, a practicar Crossfit. Claro, ¿cómo no voy ha hacerlo? Si actualmente “está de moda”, “tengo un amigo que está increíble”, “es muy extremo”, “no vas a poder”, “es de alto impacto”, “el otro día se murió uno”… Esas fueron las palabras de mi amigo, y claro, yo, inocentemente pues me animé. Pero eso no es lo peor, lo peor es que yo, aprendiendo de mi amigo, el que le puede vender una nevera a un esquimal, engañé a otro amigo. A día de hoy, mi amigo Borja Quesada y yo, (él es al que engañé) practicamos este tipo de entrenamiento tres días a la semana, como muy bien dice “empezamos a practicarlo, porque los dos dejamos de jugar al fútbol al mismo tiempo, y necesitábamos un cambio, necesitábamos hacer algo porque nuestra condición física estaba cambiando.” Me acuerdo perfectamente de nuestro primer día en la clase de Crossfit.

Actualmente el crossfit “está de moda”, “tengo un amigo que está increíble”, “es muy extremo”, “no vas a poder”, “es de alto impacto”, “el otro día se murió uno”.

A las ocho menos diez un lunes

Era un lunes, encima lunes, el día deseado por todos los españoles, principio de semana, pero nosotros, con todo el ánimo del mundo ahí estábamos, para darlo todo. Sobre las ocho menos diez de la tarde, a esa hora en la que la mayoría de trabajadores terminan su jornada, nosotros decidimos entrar al gimnasio, fichamos y empezamos a cambiarnos para ponernos la ropa adecuada para practicar ejercicio. Hasta ahí todo bien, conforme salimos por la puerta de los vestuarios nos dimos cuenta que estaban nuestros compañeros, pues conforme subíamos las escaleras, ese ánimo y esas ganas se desvanecían por la barandilla y conforme subíamos los escalones, en cada uno de ellos, se quedaba una parte de nosotros. Ya que nuestros compañeros, estaban como actualmente se dice ‘ciclados’, es decir, eran casi todos Arnolds Schwarzeneggers y nosotros, al lado de ellos, parecíamos al famoso cantante Peter La Anguila.

Conforme salimos por la puerta de los vestuarios y subíamos las escaleras, esos ánimos y esas ganas se desvanecía por la barandilla.

Nada más llegar al box, se le llama box a la habitación donde se practica el crossfit, nos damos cuenta de que nuestro entrenador estaba preparando el circuito. Como muy bien David Amorós explicó “consistía en un circuito completo de movilidad articular, junto con fuerza y resistencia.” Éramos pocos, unos ocho o diez pero con tanto armario junto, parecía que éramos 50. Al comenzar la clase magistral de Crossfit todo fue bien, hasta llegar al segundo ejercicio, ese ejercicio en el que ves que ya no puedes ni con un folio. En aquel momento Borja, mi compañero al que engañé, me miraba con cara de odio. Literalmente, nos queríamos morir, no teníamos ganas de vivir, es ese momento en el que necesitas una llamada de comodín o una asistencia en grúa 24 horas. Una vez finalizada la clase, debíamos coger e irnos a la ducha, pues dimos gracias de poder bajar las escaleras con normalidad, normalidad en este caso me refiero arrastrándonos por los suelos, como si de gusanos se tratase.

Pero eso no es lo mejor del primer día de crossfit lo mejor sin duda alguna son los dos o tres días de después. Llegamos a tener agujetas hasta en las pestañas, no podíamos ni movernos con normalidad, parecía que nos habían pegado una gran paliza en un callejón oscuro.

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