Reviviendo al poeta del pueblo

Ni el cielo grisáceo, ni la suave lluvia invernal que tanto preocupa a los amantes de la literatura lírica, ensombrece la velada en honor a Miguel Hernández. A las 19:00 horas se encienden de manera puntual las luces de la Casa de Cultura de Albatera y se abren las puertas para que todos los asistentes, agolpados a la entrada y frente al busto del poeta que preside el vestíbulo del rojizo edificio público, empiecen a tomar sus asientos ansiosos ante el acontecimiento.

Casa de cultura Albatera

Público del acto ante la Casa de Cultura de Albatera/ JOSÉ C. GÓMEZ

El alicantino Joaquín Santacruz, doctorando de Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Alicante, es de manera voluntaria el maestro de la ceremonia, que cuenta con la especial presencia de representantes de los ayuntamientos de Albatera y Cox. El objetivo, según se murmulla entre el público, no es sólo homenajear al poeta orcelitano, sino unir las fuerzas de ambos municipios y apoyar a la Fundación Cultural de la Comunidad Valenciana Miguel Hernández, al calor del setenta aniversario de la muerte del célebre escritor.

El homenaje se inicia con una presentación de las autoridades municipales. El público, que anhela con cierta impaciencia ante tanto formalismo institucional, empieza a embriagarse con la suave melodía que flota en el ambiente. En el fondo del auditorio, un pequeño equipo musical se encarga de reproducir el inmortal pasodoble “Albatera” de Manuel Berná García, compuesto en 1942 mientras ostentaba el grado de comandante director músico del buque-escuela Juan Sebastián Elcano y que se ha convertido, años más tarde, en el himno del pueblo que le vio nacer y que hoy honra la memoria de Hernández.

Miguel Hernández supone un caso especial dentro de la poesía española, al quedar a horcajadas, por su temprana muerte, entre la guerra y la posguerra.

La introducción del acto, llevada a cabo por el joven doctorando, comienza con la proyección de fotos de la vida del poeta orcelitano y de versos de sus poemas. Esta sucesión de imágenes, que muestran no sólo los pasajes de su vida sino la etapa en la que nació y creció, ha evadido al público asistente a la época de la Segunda República (1931-1936), dominada literariamente por los poetas de la Generación del 27, que tanto le influyeron a Hernández en su poética de compromiso social.

Alberto Santacruz

Joaquín Santacruz durante su ponencia/ JOSÉ C. GÓMEZ

El público, cada vez más entusiasmado, estalla en una sonora ovación cuando se destaca que Miguel Hernández (Orihuela, 1910-Alicante, 1942) supone un caso especial dentro de la poesía española, al quedar a horcajadas, por su temprana muerte, entre la guerra y la posguerra. Y es que, como ha resaltado el maestro de ceremonias, en los poco más de diez años que van de 1930 a 1942 el poeta orcelitano recorrió todos los hitos por los que pasó la poesía española en general.

El acto no es un recital de poesía al uso, puesto que los diferentes ponientes van alternando entre la lectura de fragmentos líricos con la explicación de las etapas de su vida y obra. Precisamente, se ha hecho especial hincapié en la publicación de su primer libro de poemas, Perito en Lunas (1933), considerada como una obra clave en su vida, puesto que refleja temáticamente, como afirma el profesor de la Universidad Miguel Hernández de Elche José Luis Ferris, que buena parte de la poesía hernandiana anterior a 1935 recrea el ambiente campesino y bucólico que elogia la vida natural.

La velada continua con la intervención de Jesús Serna Quijada, cineasta y filólogo oriundo de Albatera, que destaca que tras la publicación de su primera obra, el poeta oriolano comenzó a beber de otros autores de la Generación del 27 que encarnaban el triunfo literario por el que suspiraba: el neopopularismo de Federico García Lorca o Rafael Alberti, el irracionalismo surrealista o no de Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, y la proletarización poética.

La poesía carcelaria hernandiana alcanza la cima más elevada de todos los autores de la posguerra

Se cierra el homenaje con la presentación de la última obra publicada en vida de Miguel Hernández, El hombre acecha (1939), caracterizada por sentar las bases de la poesía social de la postguerra. Ya en las cárceles franquistas, va escribiendo Cancionero y romancero de ausencias (1958), nunca publicado en vida. Con gran sencillez e intenso dramatismo, el poeta se plantea las interrogaciones recapitulativas de la vida y la muerte, la inmediatez biográfica o la vuelta al amor como única esperanza.

El evento concluye con una sonora ovación en honor a Miguel Hernández, considerado por muchas personas como el auténtico representante del pueblo en la poesía. Es, en esta última obra, donde el talento lírico del poeta orcelitano, desprovisto de toda influencia retórica anterior, alcanza sus cimas más elevadas. Una sensación de libertad poética que creó un ambiente de calidez a la salida del frío edificio municipal.

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