Salvar tres vidas por primera vez

Maratón Donación de Sangre UMH

Puesto de donación de sangre en el edificio Arenals de la UMH. / Enrique Girona


“Dona sangre, salva tres vidas”. Ese fue el lema que repetía en mi cabeza una y otra vez de camino a la Universidad Miguel Hernández. Eran casi las nueve de la mañana del nueve de noviembre. Me comunicaron que el Centro de Transfusión de la Comunidad Valenciana ya había montado su campamento en los edificios más emblemáticos del campus de Elche: Rectorado y Consejo Social, Torrevaíllo, Altabix y Arenals. Yo me dirigí al edificio que se estrenaba este año en eso de la Maratón de Donación de Sangre, una actividad que se organiza dentro del programa UMH Saludable, dependiente del Vicerrectorado de Relaciones Institucionales, y que cuenta con la colaboración de Cooperación al Desarrollo y Voluntariado de la UMH. Caminé desde la Avenida de la Libertad hasta la mitad del campus, más o menos por la zona este, y allí se localizaba el edificio Arenals. Aquellas singulares almenas en lo alto del complejo y el color desértico que lo recubría ya me dejaba deducir por qué le pusieron ese nombre.

Cuando llegué a las puertas del edificio, encontré a un chico que, por la manera en la que andaba de un lado hacia otro, diría que estaba esperando algo con ansiedad. Me extrañó la forma en que patrullaba la entrada del aulario, así que no dudé en preguntarle qué hacía allí. “Es la primera vez que vengo a donar”, me explicó. Se llamaba Javier, y resultó ser nada más que ser un estudiante de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte que estaba esperando a que abriesen los stands para donar sangre. Estuve conversando un rato con él para intentar distraerlo de lo que iba a hacer. Cuando ya se había tranquilizado un poco, me pareció interesante preguntarle qué le había impulsado a venir para donar sangre, a lo que el chico me respondió sin vacilaciones: “Mi novia me dijo de venir para probar, ya que nunca he donado… Se lo prometí”. Una razón tan buena como cualquier otra, supongo.

Se hicieron las nueve de la mañana y decidí acompañar al estudiante al interior del edificio. Ya dentro, todo un equipo de médicos y enfermeros se estaba preparando para la dura jornada. Máquinas, mesas, camillas, jeringuillas y botes de todos los colores decoraban lo que en días corrientes estaría lleno de libros y apuntes. Sin embargo, para mi sorpresa, no llegué a ver una gran cantidad de donantes en el lugar. Pregunté a una de las enfermeras sobre qué hora vendría más gente, y me dijo que el tumulto solía comenzar a eso de las 11. Pregunté a mi compañero si él quería donar ahora o esperarse a las 11, y no dudó en aceptar lo segundo porque, según él, “se sentía más cómodo en compañía de más gente”. Javier y yo nos separamos, y yo me puse a indagar.
Hablando con uno de los enfermeros, me explicó algo que ya sabía, como que aquel edificio del campus no era el único en funcionamiento para la causa, aunque sí el que se estrenaba ese año. En ese aulario estaban los estudiantes de CAFD y de Ingenierías, por lo que no me hubiese sorprendido que aprovecharan el descanso de las once menos poco para curiosear por la primera planta. Sin embargo, sí que se había escapado algún que otro alumno para donar sangre a primera hora. Entonces me pude hacer un poco la idea de cómo funcionaba el procedimiento.

Máquinas, mesas, camillas, jeringuillas y botes de todos los colores decoraban lo que en días corrientes estaría lleno de libros y apuntes.

Para empezar, las personas que quisiesen donar debían acercarse a una pequeña mesa en la que había una enfermera que manejaba un par de ordenadores. Los interesados debían tener entre 18 y 65 años, pesar más de 50 kilogramos, contar con una buena salud y llevar el DNI. Además, la enfermera explicaba que los que quisiesen donar debían haber ingerido líquidos y alimentos previamente. Una vez dado el consentimiento para poder donar, el posible donante debía pasar un examen médico, en otra mesa, de la mano de un médico profesional. Ramón Alenda, que así me dijo que se llamaba el doctor, se encargaba de seleccionar a los donantes en base a un cuestionario que les obliga rellenar y unas pruebas que evidencien que no tenga una enfermedad infecciosa. Además, el doctor mide la tensión y los parámetros de hemoglobina adecuados, en el hombre 13,5 y en la mujer 12,5. “Eso ayuda a que no entren en anemia transitoriamente. Cualquier problema de bajada de tensión tengo que levantarme yo y tratarlo”, añadió el doctor.

En ese mismo momento, un estudiante de CAFD se acercó a la mesa para proceder a su análisis médico. El doctor envolvió el brazo del joven y determinó que su tensión arterial era la correcta: “Lo tienes muy bien, tienes 12…”. Luego le ordenó que pusiese la espalda recta, juntase las rodillas, los pies y los cuatro dedos de la mano derecha. El estudiante siguió estas instrucciones al pie de la letra. El médico tocó las manos del joven, negó con la cabeza y explicó: “Tienes las manos un poco frías, frótalas con energía para que haya buena articulación”. Seguidamente, el doctor colocó una especie de dispositivo de plástico alrededor del dedo pulgar del estudiante. Luego lo cubrió con un paño para, según él, evitar la contaminación lumínica. “Esto es para evitar el pinchazo, no es mejor que el pinchazo, pero evita el pinchazo”. Tras decir esto, el doctor comenzó a hacerle preguntas al estudiante: “¿A qué hora desayunaste, Ignacio?”. El estudiante respondió que a las ocho, a lo que el médico le replico: “Y no has vuelto a tomar nada… Échale gasolina porque son ya las diez y media”. Entonces recordé lo que Ramón me había dicho antes. Los hombres sólo pueden donar con 13,5 de hemoglobina. Examiné el aparato y, efectivamente, Ignacio superaba de sobra el mínimo nivel de hemoglobina para poder donar.

Se acercaba la hora del cambio de clase y, efectivamente, se formó una muchedumbre alrededor de las mesas de selección de donantes. Yo intentaba divisar a Javier con la mirada, has que por fin di con él. Acababa de terminar el examen médico, lo que le aseguraba que estaba preparado para poder donar por primera vez. El que parecía el enfermero más experimentado se acercó a mi compañero y le preguntó: “¿Has pasado el reconocimiento médico?”. Javier asintió con la cabeza y el enfermero le hizo un leve gesto con la mano y lo acompañó a una de las camillas. Felipe Galvañ, que así se llamaba el enfermero, le ordenó que se tumbase y extendiese el brazo izquierdo. Luego cogió una goma elástica y la anudó a la altura del bíceps. Entonces pude observar cómo una vena se iba hinchando poco a poco. “Vamos a ver, Javier. Lo primero que hacemos es poner una goma aquí para hacer una isquemia, para que la vena se hinche y la podamos tocar”, explicaba el enfermero mientras empapaba un algodón con alcohol. “Lo primero que hacemos es limpiar la zona, donde vamos a realizar la función y fijamos la aguja al brazo”, explicaba Felipe intentando tranquilizar a Javier, que empezaba a ponerse nervioso. Le pedí a Felipe que explicara un poco para qué servía la máquina que estaba situada en el suelo, para ver si así conseguía distraer un poco a Javier. “Esta máquina pesa la cantidad de sangre que va entrando y sirve de agitador para que la sangre se mezcle con el anticoagulante”, respondió. Con la aguja ya dentro de la vena, una especie de bolsa esterilizada comenzaba a llenarse. Felipe me explicó que esa bolsa se iba a desechar porque era la primera sangre, para evitar un posible arrastre de un germen y que la sangre sea lo más pura posible a la hora de realizar los análisis. Seguidamente, Felipe comenzó a llenar unos pequeños tubos de análisis, para determinar posteriormente si el donante era portador de enfermedades infecciosas. Luego pidió a Javier que abriese y cerrase la mano reiteradamente, algo que me pareció curioso. “Lo de la mano es para que haya un flujo constante. Es conveniente abrir y cerrar la mano para que se vaya regenerando la sangre venosa, que es la que viene de los tejidos”.

El enfermero cogió una goma elástica y la anudó a la altura del bíceps. Entonces pude observar cómo una vena se iba hinchando poco a poco.

Pasado un rato, el miedo y la incertidumbre habían desaparecido de los ojos de Javier. Ahora aparentaba más tranquilo. Después de unos minutos de silencio, el enfermero aclaró que “cuando llegasen a los 465 mililitros, la máquina se pararía y habríamos terminado”. Y así fue, una vez llegado al límite, la máquina comenzó a soltar pitidos, lo que indicaba que Javier había cumplido con la promesa que le había hecho a su novia. Se levantó de la camilla y me dio las gracias por haberle acompañado en su epopeya. También le dio las gracias profesionales que le habían tratado muy bien. Antes de que se marchara, Felipe dio aconsejó a Javier “no hacer ningún ejercicio fuerte en 24 horas y que bebiese mucho líquido para hidratarse”. Javier asintió con la cabeza y se marchó añadiendo: “Es la primera vez que salvo tres vidas”.

Era increíble la cantidad de donantes jóvenes que habían llegado a todos los puntos de donación del campus. Un total de 206 donaciones fue el resultado que había obtenido la Maratón de Donación de Sangre de la Universidad Miguel Hernández ese año. Se presentaron 250 personas para la extracción, de las que 102 eran nuevos donantes, como Javier. Unos impulsados por una promesa que le habían hecho a su novia, otros porque querían recibir la misma ayuda si alguna vez estaban en una situación difícil y otros simplemente por altruismo, pero una cosa estaba clara y es que, aunque parezca increíble, ese día 250 personas habían salvado la vida de otras 750.

Enrique Girona

Fuentes

• Cartel Maratón de Donación de Sangre

• Maratón de Donación de Sangre

• Resultados Maratón de Donación de Sangre

• Entrevista Doctor Ramón Alenda

• Entrevista Enfermero Felipe Galvañ

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