“Yo sé que en la bulimia no voy a volver a caer, pero la anorexia, sí que me da miedo”

MANUELA J. / Joven recuperada de la anorexia y la bulimia durante su adolescencia

Según La Asociación contra la Anorexia y la Bulimia, 28.000 jóvenes de nuestro país padecen durante su adolescencia (entre 13 y 18 años) anorexia o bulimia. Dentro de estas cifras se encontraba hace cinco años la joven Manuela J. Han pasado cinco años desde que dejo de darse asco al mirarse en el espejo, cinco años sin escuchar los comentarios de la gente al pasear por la calle. Ahora tiene 23 años y el miedo a volver a caer en la anorexia se le sigue viendo reflejado en la cara. Le duele el recordarlo, pero le duele mucho más, el pensar hablar de este tema (tabú) con sus familiares y amigos, por lo que ha preferido dar un nombre falso, Manuela J. intentando evitar de esta manera que sus seres queridos, no tengan que volver a escuchar la angustia y la desesperación que vivieron durante ese tiempo.

Manuela J. sufrió desde los 14 hasta los 18 años dos trastornos alimenticios. Primero comenzó a tener anorexia. Sus ansias por verse más guapa, más delgada y que la gente le mirase; le llevaron a pensar que si realizaba una sola comida al día comenzaría a adelgazar y así conseguir sus objetivos. “Pasaba tanta hambre que me pegaba todo el día pensando en comida”. El pensar que si comía: engordaría, fue lo que le dio animo todo ese tiempo para solo realizar una comida al día. El siguiente trastorno comenzó después de su primer ingreso. Este ingreso tuvo que realizarse porque su peso era inferior a 45kg con 14 años de edad y 1`65 metros de altura. Después de esto comenzó la bulimia “Ahí ya comencé a vomitar”. Confiesa que fue la época en la que más dinero se gastó en comida, no le importaba no tener ni para tabaco. Solo buscaba comer, darse los conocidos atracones y acudir lo antes posible al baño a expulsarlos a través de vómitos.“Todo el mundo sabía que yo tenía un problema, pero muchos de ellos tenían miedo a hablar, porque no sabrían que contestar. Y a los que se atrevían a hablar, les engañaba. Te vuelves muy astuta.”  Fueron cinco años en los que la gente de su alrededor sospechaba lo que pasaba, sabían que ella cada día estaba más delgada, pero pocos fueron los que se atrevieron a preguntar, porque al fin y al cabo ¿Qué es lo que tenemos que hacer cuando nos volvemos cómplices de una enfermedad como esta? A los que preguntaban, ella asegura que sabía perfectamente como contestar de manera manipuladora o atacante para que no volvieran a decir nada sobre el tema. Sentía vergüenza.

Persona bulímica después de un atracón.

Persona bulímica después de un atracón.

Sus dientes han perdido su brillo y es irrecuperable, sus manos se pueden ver deformadas y cicatrizadas. Su intestino ya no es regular. A día de hoy, le cuesta dormir por las noches, lo acusa a los antidepresivos y a las pastillas para dormir, que tomaba durante ese tiempo. La gente le miraba y cuchicheaba lo delgada que estaba. Ella no se veía más guapa. Sus ropas eran siempre anchas para que no se reflejara su cuerpo real. El pensar en un bikini o desnudarse delante de nadie, le resultaba una pesadilla. Fueron cinco años de los que solo saco dolor. Dañarse a sí misma, dañar su relación con su familia y amigos, porque a pesar de que ella consideraba que todo estaba bien, sus cambios de humor afectaron a sus relaciones. Sus problemas alimenticios causaban desesperación a sus padres y hermanos que no sabían lo que tenían que hacer para que ella comiera “Come por favor” le suplicaba su padre sentado a su lado de ella con un plato de comida delante. El desconcierto, la intranquilidad y, sobre todo, la impotencia de no saber qué hacer o decir, habito no solo su casa, sino su colegio y todas sus relaciones.

Cuando recuerda lo vivido, difunde la idea de lo tarde que llega la información sobre estas enfermedades. No solo para ella, sino también para las personas que le rodean.

Los nervios se le apoderan cuando cuenta lo que le toco ver mientras estuvo ingresada. Chicas con intentos de suicidio por no estar a gusto consigo mismas. “Eran chicas a las cuales consideraba que se les había ido la cabeza y tan solo tenían el mismo problema que yo, un problema con la comida”. Las veces que estuvo ingresada asegura que le sirvieron para aprender, de chicas que estaban peor que ella, cosas que no le beneficiaban. Le enseñaron a vomitar de manera que nadie se enterara, trucos para hacerlo más fácil, tipos de laxantes… Le motivaron a no salir de la enfermedad en la cual ella sola se había metido.

Pero todos los ingresos, todas las visitas a la consulta del psicólogo, todas las charlas que le dieron, considera que no le sirvieron de nada para salir de la miseria que estaba viviendo. Que fue ella y su cabeza. Viendo que haciendo lo que hacía no había logrado sus objetivos, iba a probar a hacerlo de otra manera. Volver a una vida saludable, con una alimentación sana y talvez con ello verse guapa.

No culpa a nadie. No culpa a los medios de comunicación, (como siempre se acusa) no culpa a la sociedad, ni a sus padres, ni a sus amigos, ni si quiera a ella misma. No siente rencor. Si un poco de miedo y aún una preocupación que etiqueta como: sana e inevitable, al tratarse de su peso y su estado físico.

Es mucho el tiempo que ha pasado y lo que su cabeza ha cambiado, pero a pesar de todo ella se encuentra curada, aunque asegura que: “No existe una cura definitiva para este tipo de trastornos, ni para mí ni para nadie.”.

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